No solo húmeda, sino increíblemente fácil de trabajar. Como si ya hubiera sido preparada.
—Qué raro…
Decidí plantar algunas semillas que había guardado de frutas que encontré en el camino. No esperaba mucho. Tal vez nada.
Pero al día siguiente…
Habían brotado.
Me quedé mirándolas largo rato, sin comprender.
—No… eso no es posible.
Las plantas no crecen así. No en una noche.
Pensé que tal vez había estado demasiado cansado, que no las había visto antes. Pero en el fondo sabía que no era cierto.
Así que probé de nuevo.
Planté más.
Y esperé.
Al día siguiente, lo mismo.
Brotes.
Verdes, firmes, vivos.
Algo estaba pasando.
Los días siguientes confirmaron lo imposible.
Las plantas no solo crecían rápido.
Crecían mejor.
Más fuertes, más verdes, más resistentes. Algunas alcanzaban en días lo que normalmente tomaría semanas. Otras producían frutos en tiempos absurdamente cortos.
Y todo parecía concentrarse cerca del arroyo.
El agua azul.
Comencé a usarla para regar directamente.
El efecto era inmediato.
Una energía invisible parecía recorrer la tierra, despertándola.
—Este lugar… no es normal.
Pero no sentía miedo.
Sentía… gratitud.
Por primera vez en mi vida, algo me daba más de lo que esperaba.
Construí una pequeña huerta. Luego amplié. Aprendí observando, experimentando, fallando y volviendo a intentar. El terreno, que al principio parecía insignificante, comenzó a transformarse.
Donde antes había tierra vacía, ahora había vida.
Y no solo plantas.
Los animales comenzaron a aparecer.
Primero aves, luego pequeños mamíferos. Todos atraídos por algo que no podía explicar. El lugar se volvió más ruidoso, más dinámico, más… vivo.
Y yo ya no estaba solo.
Pasaron meses.
Mi refugio se convirtió en una pequeña casa.
Mi huerta, en un campo.
Y el arroyo…
El arroyo seguía igual.
Azul. Silencioso. Misterioso.
Nunca se secaba.
Nunca cambiaba.