Apriétala, no la sueltes. Eso fue lo primero que escuchó. Tres palabras dichas en voz muy baja, casi para nadie, por una mujer sentada en el lodo bajo la lluvia con los pies descalzos azules de frío y las manos aferradas a una bolsa de tela contra el pecho. Remedios no entendió ese día lo que significaban, pero no las olvidó.
Su nombre era Remedios. Remedios Castillo, viuda de Ibarra, 34 años, dos hijas, una parcela seca en las afueras de San Isidro del Monte, que se empeñaba en dar lo justo para no morir, pero nunca lo suficiente para vivir tranquila. El nombre le había pesado toda la vida.
remedios, como si desde el bautizo alguien hubiera decidido que su destino era remendar lo que otros rompían. Y así había sido. Remendó la infancia pobre cosiendo a los 12 años en casa de una señora del pueblo. Remendó el corazón cuando su madre se fue sin despedirse. Remendó el matrimonio dos veces antes de que Andrés, su marido, encontrara la manera de morirse sin avisar. Un miércoles de febrero, en la curva del camino federal, el camión de carga no frenó a tiempo.
Andrés no sufrió, le dijeron. Se fue rápido, como si irse rápido fuera un regalo y no otra manera de decirte que no hubo tiempo ni de adiós. Eso fue 11 meses antes de ese jueves de octubre. 11 meses en los que remedios aprendió que la viudez no duele de golpe, duele en los bordes. Duele cuando abres el cajón y encuentras sus calcetines todavía enrollados de dos en dos. Duele cuando la niña chica te pregunta a qué hora llega papá y tú le dices pronto y las dos saben que es mentira.
Duele cuando vas al banco y el señor de la ventanilla te mira con esa cara de quien ya sabe el final de tu historia antes de que tú lo sepas. La deuda era real. Andrés había comprado un pequeño terreno adicional con un crédito que parecía manejable cuando los dos trabajaban. Ahora solo trabajaba ella y el banco había enviado cuatro cartas. La cuarta tenía un sello rojo en la esquina, 30 días para pagar o entregar la propiedad. Remedios tenía guardados 400 pesos en el fondo de una lata de café.
La deuda era de 14,000. Los contó cuatro veces seguidas esos billetes viejos. El número no cambió. Ese jueves salió temprano con sus dos hijas. Isabel de 8 años y Lucía de cinco, iban al pueblo a vender los últimos tres quesos que había hecho con la leche de su única cabra, una cabra vieja y flaca que se llamaba Consuelo y que cada semana producía un poco menos, como si también ella estuviera cansándose de dar. Vendió un queso y medio, el otro y medio se lo devolvieron.
Con ese dinero compró harina, aceite y el jarabe para la tos de Lucía, que llevaba una semana con el pecho cargado. No alcanzó para los frijoles, no alcanzó para el pan, alcanzó justo para lo que alcanzó y la mirada del señor de la tienda que le contaba el cambio con esa lentitud de quien sabe que lo que le devuelve es casi nada. regresaban por el camino de tierra cuando empezó a llover, sin avisar, sin truenos primero, solo agua de golpe, de esa que cae en octubre en la sierra, como si el cielo hubiera estado guardando algo durante meses y ya no pudiera más.
Las niñas corrieron bajo el aguacate torcido de la mitad del camino. Remedios las siguió. Se quedaron las tres apretadas contra el tronco mojado, los guaraches hundiéndose en el lodo, la bolsa del mandado empapándose, y remedios pensando en los 29 días y en los 400 pesos y en cómo iba a decirles a las niñas si llegaba el día en que tuvieran que irse de esa casa. Fue entonces cuando lo vio al otro lado del camino un bulto, o eso pensó al principio, algo oscuro al borde de la cuneta donde el monte empieza, inmóvil bajo la lluvia.
Remedios lo miró y el bulto se movió muy despacio con ese movimiento que tienen las cosas vivas cuando ya casi no tienen fuerza para seguir siéndolo. Un movimiento que no sabes si significa que algo está llegando o que se está yendo para siempre. Mamá”, dijo Isabel en voz baja, “ya vi”, respondió remedios y cruzó el camino corriendo. No pensó en los 400 pesos, no pensó en los 29 días, no pensó en que ella misma estaba al borde de perderlo todo y que cruzar ese camino no iba a cambiar ninguno de sus números, solo cruzó.
Era una mujer anciana sentada en el lodo con la espalda contra el talud de tierra roja, los pies descalzos azulados de frío, la cabeza caída, el cabello blanco suelto y pegado a la cara por la lluvia y las manos. Remedios. vio las manos antes que nada, unas manos viejas llenas de manchas del tiempo, aferradas a una bolsa de tela pequeña contra el pecho, apretándola con una fuerza que no parecía posible en un cuerpo tan cansado. Se arrodilló en el lodo.
Señora, ¿me escucha? La anciana abrió los ojos negros, profundos, con ese tipo de cansancio que no viene de una noche mala, sino de años cargando algo que nadie más quiso cargar. La miró y dijo algo en voz muy baja, casi para sí misma. Apriétala, no la sueltes. Remedios no supo en ese momento si la anciana le hablaba a ella o a sí misma. No lo entendió ese día, pero no lo olvidó. La anciana se llamaba Consuelo. Consuelo Venegas, 78 años.
Venía caminando desde el paradero del pueblo. Dijo, desde temprano, sin decir a dónde iba exactamente, sin decir de dónde venía exactamente. ¿Tiene familia aquí?, preguntó Remedios mientras la ayudaba a caminar. Tengo familia”, respondió doña Consuelo, “pero no aquí.” Había algo en esa respuesta que no cerraba bien, como una puerta que uno empuja y cede demasiado fácil y entonces uno sabe que algo está sosteniendo del otro lado. Llegaron a la casa empapadas las cuatro. Remedios. Encendió la estufa de leña que Andrés había instalado el primer invierno del matrimonio.
El fuego tomó rápido. El cuarto se llenó de ese calor naranja que tiene el fuego de madera. Ese calor que ningún calefactor de los caros ha podido copiar todavía. envolvió a la anciana en la cobija gruesa de lana, la sentó en la silla más cercana a la estufa, le quitó los pies mojados y los secó con una toalla con esa naturalidad que tienen las mujeres que aprendieron a cuidar desde chicas, como si no fuera nada extraordinario, como si lo hicieran todos los días.
¿Tiene hambre, doña Consuelo? La anciana no respondió, pero su estómago sí. Remedios tenía dos huevos, media cebolla, el arroz del día anterior y un chile pasilla colgado de la viga de la cocina. Hizo lo que hacen las mujeres que aprendieron a cocinar en la escasez, algo que alimenta más de lo que debería. Arroz con huevo, salsa de chile pasilla, tortillas recién hechas. La anciana comió primero despacio, con cuidado, como quien no se cree del todo que el plato es real.
Luego, con más hambre que vergüenza, las niñas comieron también sin quejarse de que era lo mismo del mediodía. Miraban a la señora de reojo con esa curiosidad callada que tienen los niños cuando saben que algo importante está pasando, aunque no entiendan bien qué. Cuando terminó, doña Consuelo juntó las manos sobre la mesa. Que Dios le devuelva esto multiplicado, hija. Todos comemos, respondió Remedios, recogiendo los platos. Eso es todo. Esa noche Remedios acomodó a las niñas en su cama y le cedió a la anciana el cuarto de las niñas.
Ella se quedó en el sillón de la sala escuchando la lluvia en la lámina y la respiración pesada de la anciana al otro lado de la pared. No durmió bien. Pensó en los 14,000 pesos, en los 29 días, en las niñas que iban a despertar con hambre, en Andrés que ya no estaba para cargar con nada de eso. y pensó en la bolsita de tela, en cómo la anciana la había apretado contra el pecho durante todo el camino, cómo la había puesto debajo de la almohada antes de acostarse, cómo sus manos la buscaban incluso mientras dormía.
¿Qué cargará ahí? se durmió sin respuesta y así dejó la pregunta flotando en el cuarto oscuro, como dejan flotando las preguntas importantes, esperando el momento exacto para responderse. Por la mañana, Remedio se despertó con olor a chile tostado. fue a la cocina y encontró a doña Consuelo parada frente a la estufa de leña, con el delantal de remedios amarrado a la cintura y la cuchara de palo en la mano, moviendo algo en la olla grande, sin pedir permiso, sin explicar nada, como quien sabe que en ciertas casas la cocina es territorio compartido y punto.
Buenos días, dijo sin voltear. encontré los frijoles de ayer, les puse pazote y tantita grasa del bote de la alacena y torteé. Espero que no le moleste. Sobre el comal había una torre de tortillas perfectas, todas del mismo grosor, todas bien cocidas, con esas manchitas doradas que solo salen cuando la masa está bien hecha y la mano sabe lo que hace. Fue Isabel quien lo dijo con esa honestidad sin filtro de los 8 años. Doña Consuelo, sus tortillas están más ricas que las de mi mamá.
Remedios la miró. Doña Consuelo soltó una risa pequeña, la primera. Y por un momento su cara envejeció al revés. Tu mamá bien otras cosas, dijo. Las madres siempre saben hacer bien las cosas que de verdad importan. En los días que siguieron, la anciana fue tomando la cocina con ese poder silencioso que tienen las mujeres, que saben que ahí está su lugar. Las obras se volvían otra cosa cada día. El maíz duro se volvía a tole espeso, los que monte se volvían guisado verde con chile.
La media calabaza olvidada en el fondo del cajón se volvía sopa con canela que las niñas pedían dos veces. Siempre sobraba, siempre había plato caliente cuando remedios llegaba de trabajar la milpa, pero en ningún momento soltó la bolsita. Eso fue lo primero que Remedios notó desde el principio y que los días confirmaban sin explicación. comía con una mano. Con la otra apretaba la bolsita contra el regazo. Cuando terminaba y remedios, recogía los platos, la bolsita volvía al pecho.
Cuando la anciana se levantaba para ir al cuarto, la bolsita iba con ella. Cuando Remedios se asomaba a apagar la luz y doña Consuelo ya estaba acostada. tenía las manos encima de la bolsita sobre el pecho, como si no pudiera dormir si no la sentía. Cada pregunta directa recibía una respuesta que era verdad, pero no era toda la verdad. Las personas que no tienen nada que esconder responden diferente, responden de más, llenan los silencios. Doña Consuelo dejaba los silencios exactamente donde estaban.
Un día Remedios llegó del campo y encontró a la anciana sentada en el corredor con la bolsita en el regazo y una expresión que no supo descifrar. No era tristeza, no era miedo, era algo más parecido a la cara de quien está esperando el momento exacto para hacer algo importante y todavía sabe que no ha llegado. Está bien, doña Consuelo. Estoy pensando, respondió. ¿En qué? En el tiempo, dijo, en cómo llega siempre cuando tiene que llegar y no antes.
Esa noche, después de que las niñas se durmieron, Lucía le preguntó a su madre en voz baja desde la cama, “Mamá, la abuela Consuelo es una bruja. ” “¿Por qué lo preguntas?” “Porque sabe cosas,”, dijo la niña. “¿Sabe cuando voy a preguntarle algo antes de que yo lo pregunte?” Y nunca suelta esa bolsa. Las brujas siempre cargan su bolsa. Remedios la mandó a dormir, pero la pregunta se quedó, no la de la bruja, la otra. ¿Qué sabía doña Consuelo que todavía no había dicho?