SUS HIJOS GRITABAN A LAS 3 A.M.

PARTE 3: Antes de salir lanzó una última orden sin mirarla. Apague esa luz. cerró la puerta con un clic suave, pero definitivo. En el pasillo, el aire volvió a hacer frío. Santiago avanzó unos pasos y se detuvo. Algo no encajaba. Miró hacia atrás. Bajo la puerta cerrada, una línea de luz dorada se filtraba hacia el corredor oscuro, delgada, persistente, como una advertencia silenciosa de que en esa casa de mármol y sombras algo estaba empezando a cambiar. La mañana llegó sin promesas.
El sol entró por los ventanales de la mansión y barra como un visitante incómodo, iluminando el mármol pulido y los muebles impecables. Santiago ya estaba despierto. Llevaba el nudo de la corbata perfecto, el traje oscuro planchado con precisión militar. Desde fuera era el mismo hombre de siempre. Desde dentro algo seguía fuera de lugar, como una nota mal afinada que no lograba ignorar. "Quiero cámaras nuevas", ordenó mientras sostenía una taza de café negro en todas las áreas comunes y audio.
El jefe de seguridad asintió sin hacer preguntas. Nadie las hacía. Horas después, tres camionetas negras estaban estacionadas en la entrada. Hombres con uniformes grises caminaron por la casa taladrando paredes, pasando cables invisibles, colocando pequeños ojos digitales en las esquinas. Santiago observaba desde el salón inmóvil con la mandíbula tensa. No lo llamaba desconfianza, lo llamaba control. Si esa chica va a trabajar aquí", pensó, "lo hará bajo un microscopio. " Pidió acceso total en su teléfono, en su tableta, en la pantalla de su oficina.
Quería verlo todo, oírlo todo. Necesitaba pruebas de que no estaba equivocado, de que aquello de las 3 de la mañana había sido una casualidad, un truco. Dos horas después, Santiago estaba sentado en su despacho en el último piso de un rascacielos de vidrio. Abajo, la ciudad rugía con vida. Arriba todo era silencio. Frente a él, el iPad mostraba la sala de juegos de la mansión. subió el volumen. Valentina estaba en el suelo, no sentada en el sofá mirando el celular como hacían las otras en el suelo.
Había desmontado los cojines italianos, los mismos que costaron más que el coche de su primer gerente, y había construido una especie de cueva torpe en medio de la sala. Sábanas viejas colgaban de las lámparas creando sombras suaves. "Rápido, capitanes", decía Valentina. Su voz clara filtrada por el micrófono. Lava viene por la alfombra. Mateo y Tomás corrían hacia el refugio riendo con los ojos brillantes, torpes y felices. Santiago apretó la mandíbula. Aquello no estaba en el manual, no estaba permitido.
Valentina sacó de una canasta tres sándwiches simples cortados en forma de estrella y botellas de jugo. Nada gourmet, nada orgánico. Los niños comían con un apetito que Santiago no había visto en meses. Ella los abrazó, uno a cada lado. Aquí nadie nos hace daño", susurró Santiago. Apartó la mirada sobre su escritorio. Un plato de porcelana con filete y espárragos se enfriaba intacto. El contraste le revolvió el estómago. Cerró el iPad de golpe, como si así pudiera borrar esa escena.
Esa tarde salió de la oficina dos horas antes, pasó por una tienda exclusiva y compró dos coches eléctricos idénticos a su deportivo. Eran brillantes, perfectos, caros. Esto sí es felicidad, se dijo. Al llegar a casa, el orden había vuelto. La cueva de cojines ya no existía. Valentina estaba sentada en la alfombra leyendo un libro con los gemelos apoyados en sus piernas. Al verlo entrar, el aire cambió. "¡Miren quién llegó", anunció Santiago con una sonrisa ensayada. "Papá trajo regalos, encendió uno de los coches, el ruido del motor llenó la sala, las luces parpadearon... PULSA “BIEN” SI QUIERES LEER LA HISTORIA COMPLETA. GRACIAS.