No explicó más.
No hacía falta.
Su voz bastó.
El doctor lo miró de arriba abajo, notando el traje impecable, la mirada dura… y algo más, algo que no esperaba ver en alguien como él.
Miedo.
—La paciente está viva —dijo al fin—. Pero su estado es delicado.
Valeria soltó un sollozo de alivio.
Luz no.
Ella esperó.
Siempre esperaba lo peor.
—¿Qué tiene? —preguntó el hombre, con la voz más baja.
El doctor respiró hondo.
—Desnutrición severa… anemia crónica… y encontramos un quiste ovárico bastante grande. Necesita cirugía inmediata.
Silencio.
—¿Probabilidades? —preguntó él.
—Setenta por ciento.
Treinta por ciento de no volver.
El número quedó flotando en el aire como una sentencia invisible.
El hombre apretó la mandíbula.
—Háganlo.
—Necesitamos una firma—
—Todo lo que necesiten —interrumpió—. Dinero, especialistas, equipo… no importa.
El doctor asintió.
Pero antes de irse, dijo algo más:
—No es solo la cirugía… si sobrevive, su cuerpo está muy debilitado. Lleva años así.
Años.
Esa palabra fue más dolorosa que cualquier otra.
—
Cuando el doctor se fue, el hombre volvió hacia las niñas.
Valeria ya se había quedado dormida, agotada, abrazada a su brazo como si temiera que desapareciera.
Luz seguía despierta.
Observándolo.
—¿La van a salvar? —preguntó.
No como una niña.
Como alguien que exige la verdad.
Él se agachó frente a ella.
—Voy a hacer todo lo que esté en mis manos.
Luz lo sostuvo la mirada.