Las vio.
Dos niñas pequeñas, sentadas solas en una banca.
Aferradas una a la otra.
Con ojos grises.
Sus ojos.
El tiempo se rompió.
El pasado volvió.
Y el hombre más temido… sintió algo que nunca había sentido antes.
Miedo.
—
Una de ellas corrió hacia él.
—¡Sí viniste!
Se aferró a su pierna como si fuera lo único sólido en el mundo.
Él se quedó paralizado.
No sabía qué hacer.
Hasta que sus brazos… actuaron solos.
—
Pero la otra no se movió.
Solo lo miró.
Analizando.
Midiendo.
Juzgando.
—Si eres nuestro papá… —dijo con voz firme—. ¿Por qué nunca estuviste?
La pregunta cayó como una sentencia.
Y por primera vez en su vida…
Ese hombre no tuvo respuesta.
—
Horas después…