Lo primero que vio fueron a sus hijas.
Y sonrió.
Débil.
Pero real.
—Mamá…
—Estoy aquí…
Todo parecía en paz.
Hasta que levantó la mirada…
Y lo vio.
De pie.
En silencio.
Observándola.
Siete años comprimidos en un solo instante.
—Tú… —susurró.
Su voz tembló.
No de debilidad.
De miedo.
—Hola, Camila —respondió él.
Sin odio.
Pero sin suavidad tampoco.
—
Las niñas salieron del cuarto minutos después.
No porque alguien se los pidiera.
Sino porque Luz entendió.
Había cosas…
que solo los adultos podían enfrentar.
—
El silencio entre ellos era pesado.
Cargado.
—Pensé que estabas muerto —dijo Camila.
Él soltó una risa seca.
—Yo pensé que me habías abandonado.
Se miraron.
Y en ese cruce de miradas…
todo lo no dicho gritó.
—Fue Ramiro —dijo ella finalmente, con lágrimas—. Me dijo que tú… que tú querías deshacerte de mí… y del bebé.
El mundo se detuvo.
Otra vez.