Se sentó en la sombra sin atreverse a pedir agua. Pedro le acercó una jarra y un vaso de plástico. Aquí nadie muere de sed, pero hay que saber pedir. Ramiro lo tomó con ambas manos. Bebió sin hablar. La jarra temblaba un poco. Gracias. No es por usted, dijo Pedro. Es por lo que estamos intentando construir. Ese lo que estamos intentando pesaba más que cualquier sermón. Ramiro lo entendió. El pasado había golpeado la puerta, pero ahora ese pasado acababa bajo el mismo sol y era solo el principio.
Habían pasado dos años desde que Pedro enterró las últimas piedras. Don Ramiro seguía allí. Ya no era don, solo Ramiro. Aprendió a usar el asadón. a leer el cielo, a curar con tierra las heridas en las manos. Nunca pidió nada más que trabajo. Y en el trabajo encontró lo que nunca tuvo respeto. El terreno, que alguna vez fue motivo de burla, ahora alimentaba a varias familias. No era una empresa, no era una fundación, era un pedazo de tierra donde las personas se sentían libres y dignas.
Una tarde, Pedro y Luz caminaban entre las hileras de elotes. Pedro se detuvo frente al árbol que había plantado junto a la compostera. “¿Sabes, vieja? Este árbol tiene algo de nosotros.” Luz lo miró curiosa. Creció en tierra dura, le pegó el viento. Le faltó agua, pero aquí está. Pedro acarició el tronco rugoso. Este lugar no es un premio, es una lección. Todo lo que me negaron allá lo entendí aquí. Luz lo abrazó del brazo. No necesitaba decir nada.