Su MADRASTRA Quería Humillarla, OBLIGÁNDOLA a casarse con un MENDIGO… y ÉL cambió todo…

Le asignó todas las tareas del día. barrer, fregar, cocinar, acarrear agua del pozo, lavar ropa ajena por unas cuantas monedas y limpiar la mugre de la casa desde el amanecer hasta bien entrada la noche. Y cada vez que Isabela intentaba defenderse, la respuesta era siempre la misma. Vives gratis, deberías agradecerme.

Podrías estar en la calle como tantos otros. Lo decía mientras se maquillaba frente al espejo, mientras probaba perfumes caros o se servía en la mejor vajilla de la casa. Su crueldad tenía una calma aterradora. No necesitaba levantar la mano. Le bastaban sus palabras y su autoridad para destruir. Isabela no respondía, no por miedo, sino porque sabía que cada palabra que dijera sería usada como un látigo en su contra.

Guardaba silencio, pero no por resignación. Era una forma de resistencia, una forma de hablar con Dios sin ser interrumpida. Cada noche, antes de dormir, se arrodillaba en el suelo frío y susurraba solo una frase: “Dame fuerzas para no odiarla.” Mercedes no solo le robó la tranquilidad, también le quitó lo poco que su padre le había dejado, unas joyas de su madre, un terreno en las afueras y parte del negocio textil.

Todo fue transferido poco a poco gracias a un abogado que le debía favores. Los papeles se firmaron sin que Isabela lo supiera, sin testigos, sin justicia. “Todo esto me lo gané”, le dijo una tarde mientras le arrojaba una toalla sucia. “Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.” Pero ella no tenía a dónde ir. El pueblo la ignoraba.

Los amigos de su padre desaparecieron. Nadie quería enfrentarse a Mercedes, la mujer que ahora manejaba el negocio, que sonreía en misa y repartía favores con interés. En la calle muchos decían, “Pobre Isabela, pero mejor no meterse.” La joven tragaba lágrimas como si fueran parte de su alimento diario y sin embargo no se quebraba.

Había una fuerza en ella que ni el dolor lograba apagar. Tal vez era la memoria de su padre. Tal vez era el orgullo de su madre muerta. Tal vez era esa fe que no la abandonaba ni en las noches más frías. Mercedes, en cambio, no soportaba verla de pie. Necesitaba verla doblegada. Por eso, mientras Isabel lavaba con las rodillas lastimadas, ella pensaba en cómo desaparecerla.

Pero no de cualquier manera. Quería hacerlo con humillación pública, con burla, con escándalo. Quería verla derrotada ante los ojos del pueblo entero. Y ya tenía el plan. Lo había pensado bien. Solo faltaba una pieza, un nombre, y ya lo tenía en la punta de la lengua. El calor en el patio era insoportable. El sol caía a plomo sobre la tierra reseca, mientras Isabela restregaba una sábana manchada contra la piedra de la bar.

El agua en el balde ya estaba turbia, pero no había más. Su espalda dolía y las yemas de sus dedos ardían, pero no se detenía. Sabía que si no terminaba antes de que Mercedes saliera, el castigo sería doble. Entonces, como una sombra sin previo aviso, la escuchó. Deja eso. Tengo algo importante que decirte. Isabela se enderezó lentamente.

El sol la cegaba un poco, pero la figura de Mercedes era inconfundible. De brazos cruzados, con una sonrisa torcida, como quien está a punto de dar una noticia que no trae esperanza. ¿Ahora qué hice? Preguntó con un hilo de voz. No has hecho nada, pero vas a hacer algo, algo grande. Mercedes estiró las palabras como quien disfruta cada sílaba. Te vas a casar.

Isabela sintió que el cubo se le resbalaba de las manos. ¿Qué dijo? Lo que oíste ya está arreglado. El sábado será tu boda. La joven abrió los labios, pero no salió sonido. El corazón le latía en los oídos. ¿Con quién? Mercedes se acercó un paso. El suelo crujía bajo sus zapatos caros. Con Tomás. Isabela retrocedió un poco.

El nombre cayó como una piedra en su pecho. El mendigo. ¿Y cuál otro? No creo que tengas muchas propuestas, querida. Mercedes rió con frialdad. Es perfecto para ti. Nadie más te querría. El mundo pareció inclinarse. Tomás, el hombre que deambulaba por las calles, Arapiento, con la barba crecida y la mirada siempre baja. El mismo al que los niños evitaban, al que las mujeres murmuraban cuando pasaba.