El abogado, un hombre joven pero de presencia segura, se adelantó con su carpeta en las manos y con voz clara y pausada anunció que la señora Estela Gómez presente en ese momento tenía la intención formal de adquirir la propiedad en la que se encontraban.
y que no solo estaba ofreciendo el valor de mercado, sino el doble del precio estimado con los fondos disponibles y listos para el cierre inmediato. Dijo que traía los documentos en regla, las firmas notariales necesarias y que si los actuales propietarios estaban dispuestos, se podía proceder de inmediato con la transacción.
Ulises soltó una risa incrédula, medio ahogada, como quien no sabe si está frente a una broma o a una trampa. Preguntó qué clase de juego era ese, que si alguien los estaba grabando, que si eso era algún tipo de venganza disfrazada de negocio.
Pero Verónica no dijo nada. seguía temblando con los ojos fijos en su madre, como si la sola presencia de Estela desenterrara cada noche de insomnio, cada mentira que había sostenido, cada vez que se repitió a sí misma, que su madre nunca más volvería.
El adolescente, aún en la entrada, observaba a todos en silencio. No había en su rostro ni rechazo ni miedo. Solo una curiosidad profunda, esa que solo los jóvenes tienen cuando aún no entienden del todo el dolor, pero presienten que están presenciando algo importante.
Miró a la señora del vestido azul con atención y sin saber por qué sintió que quería conocerla. Estela le sostuvo la mirada con una ternura intacta. como si en ese instante todo el dolor del pasado se encogiera frente a la posibilidad de un nuevo vínculo.
Le preguntó cómo se llamaba y él respondió que Matías, con una timidez que le coloreó las mejillas, ella le dijo que tenía su misma mirada cuando era niña y que no tenía culpa de nada, que lo que ocurre entre los adultos a veces es como una tormenta que uno no puede detener, pero que aún así se puede elegir no repetirla.
Ulises, intentando recomponerse, preguntó por qué Estela querría comprar precisamente esa casa. Después de todo lo que había pasado allí, ella respondió con una calma inquietante que lo hacía parecer más nervioso, diciendo que porque era su casa, que allí había criado a su hija, cocinado cientos de veces, limpiado cada rincón con amor y que si alguien merecía recuperarla, era ella.
dijo que no quería vivir allí, que su vida ahora era otra, pero que necesitaba volver a pisar esos pisos con libertad, como símbolo de que nadie puede arrebatarle a una mujer su historia.
Verónica tragó saliva con dificultad y finalmente murmuró que no sabía qué decir. Estela se acercó un paso, la miró con la dulzura dura de una madre herida y le dijo que no necesitaba decir nada, que el silencio también hablaba y que ella había aprendido a escucharlo.