Solo quería pasar un fin de semana tranquilo en mi casa de playa. Pero el esposo de mi hermana ya estaba allí con toda su familia y gritó: “¿Qué hace este parásito aquí? Lárgate ahora mismo.” Yo sonreí y dije: “Está bien, me voy.” Pero lo que pasó después hizo que se arrepintiera de haber dicho esas palabras.

—Bien. Necesito que bloquees todos los códigos de acceso que no sean el mío.

—¿Ahora mismo?

—Ahora mismo.

—Entendido.

Colgué el teléfono y me recosté contra el asiento.

El cielo estaba empezando a ponerse naranja con el atardecer.

Durante unos minutos me quedé ahí, simplemente respirando.

La vieja Valeria —la que siempre cedía— probablemente habría llorado en ese momento.

Pero yo ya no era esa persona.

Diez minutos después vi dos camionetas negras pasar por la carretera en dirección a la playa.

Sonreí levemente.

El capitán Morales no perdía el tiempo.

Arranqué el coche y conduje de vuelta.

Cuando llegué, las camionetas estaban estacionadas frente a mi casa.

Tres guardias de seguridad uniformados estaban de pie en la entrada.

Y dentro…

El caos había comenzado.

La puerta estaba abierta.

Ricardo estaba gritando.

—¡Esto es ridículo! ¡Tenemos permiso para estar aquí!

El capitán Morales se mantenía completamente tranquilo.

—Señor, esta propiedad pertenece a la señora Valeria Cruz.

—¡Mi esposa es su hermana!

—Eso no le otorga derechos legales sobre la propiedad.

En ese momento me acerqué caminando.

El silencio cayó de inmediato.

Ricardo me miró como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué demonios hiciste?

Sonreí con calma.

—Simplemente llamé a las personas correctas.