Cuando me subí al coche, todavía podía escuchar las risas que venían desde dentro de la casa.
Pensaban que habían ganado.
Pensaban que yo aceptaría esta humillación como siempre.
No tenían idea de lo que estaba a punto de pasar.
Conduje exactamente tres minutos antes de detenerme en el estacionamiento de una pequeña gasolinera al lado de la carretera.
Mis manos temblaban — no de miedo, sino de pura adrenalina.
Saqué mi teléfono.
Y empecé a hacer llamadas.
Primero a mi abogado en Veracruz.
Luego al administrador de la propiedad de mi casa de playa.
Y finalmente a alguien a quien realmente esperaba no tener que llamar nunca.
Y finalmente llamé a alguien a quien realmente esperaba no tener que contactar nunca.
El teléfono sonó solo dos veces antes de que respondiera.
—Seguridad privada Costa Norte, habla el capitán Morales.
Respiré hondo.
—Capitán, soy Valeria Cruz. La propietaria de la casa en Costa Esmeralda, kilómetro veintisiete.
Hubo una pausa breve.
—Claro, señora Cruz. ¿Ocurre algo?
Miré por el parabrisas de mi coche. Desde la gasolinera podía ver el camino que conducía hacia la playa.
—Sí. Mi propiedad ha sido ocupada sin mi permiso. Hay más de quince personas dentro.
Su tono cambió inmediatamente.
—¿Quiere que vayamos ahora?
—Sí.
Colgué.
Luego llamé a mi abogado.
—Licenciado Ortega —dije cuando respondió—. Necesito que registre oficialmente una denuncia por invasión de propiedad privada.
—¿Qué ocurrió?
Le conté todo en menos de un minuto.
Cuando terminé, suspiró.
—Valeria… legalmente estás completamente en tu derecho. Esa casa está registrada únicamente a tu nombre.
—Lo sé.
—Entonces haz lo siguiente —dijo con calma—. No vuelvas a confrontarlos tú misma. Deja que seguridad privada y la policía lo manejen.
—Eso pensaba hacer.
—Perfecto. Yo prepararé el reporte legal ahora mismo.
Colgué.
Mi última llamada fue al administrador de la propiedad.
—Héctor —dije cuando respondió—. ¿Las cerraduras electrónicas del sistema siguen activas?
—Sí, licenciada.