“Sí, eres muy hermosa, ponte tu vestido de novia y cásate conmigo…”, le dijo el hombre rico a la mendiga.

Una tarde, al salir de una papelería, los vio por casualidad en la calle. Alejandro y Camila salían de un restaurante. Los dos estaban arreglados, pero tristes.

Camila fue la primera en verla.

—¡Lupita!

Corrió a abrazarla con tanta fuerza que casi la hizo caer.

—Te extraño horrible —le susurró, llorando sin vergüenza—. La nueva maestra explica bien, pero no tiene alma.

Alejandro se acercó despacio.

—Hola, Lupita.

Ella tragó saliva.

—Hola.

Camila, que tenía la sensibilidad de su madre muerta y la terquedad de su padre, los obligó a sentarse a almorzar juntos.

Y bastó una hora.

Una hora escuchando a Camila hablar, una hora viendo cómo Alejandro la seguía mirando como si nadie más existiera, una hora sintiendo que el aire volvía a entrarle en el pecho.

Cuando por fin quedaron unos segundos a solas, él le preguntó en voz baja:

—¿Ya estás segura?

Lupita lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Sí. Aprendí que ser independiente no significa vivir sola. Significa poder elegir. Y yo te elijo a ti. Los elijo a ustedes.

Alejandro cerró los ojos, como si llevara meses esperando exactamente esas palabras.

—Entonces vuelve a casa.

Camila aplaudió en medio del restaurante, atrayendo miradas de medio mundo.