“Sí, eres muy hermosa, ponte tu vestido de novia y cásate conmigo…”, le dijo el hombre rico a la mendiga.

Fue un beso lento, cuidadoso, casi asustado. Como si ambos supieran que estaban tocando algo frágil y precioso.

Camila se enteró antes de que intentaran contarle.

—Por fin —dijo, cruzándose de brazos—. Pensé que nunca iban a dejar de mirarse como tontos enamorados.

Por unos meses, todo pareció posible.

Hasta que Alejandro decidió presentarla a sus amigos.

Organizó una cena íntima. “Quiero que te conozcan”, le dijo. Lupita aceptó por amor, aunque el miedo le hacía doler el estómago.

La noche fue un desastre.

Las sonrisas fueron educadas, pero las preguntas, afiladas. ¿Dónde había trabajado antes? ¿Cómo la había conocido Alejandro exactamente? ¿Por qué vivía en la casa? ¿No le parecía todo demasiado rápido?

Cuando Alejandro dijo con claridad que Lupita era su novia, uno de sus amigos soltó una frase que lo arruinó todo:

—Solo espero que no te estén usando, Alejandro. Eres un hombre rico, vulnerable… un blanco fácil.

Lupita sintió la humillación como una bofetada.

No dijo nada esa noche. Pero al día siguiente tomó una decisión.

—Me voy a mudar —le anunció a Alejandro—. Necesito demostrarme que puedo sostenerme sola y que lo que siento por ti no nace de la dependencia.

Alejandro palideció.

—No tienes que hacer eso.

—Sí. Si algún día vuelvo, quiero volver libre.

Camila lloró como si la estuvieran arrancando de nuevo de una madre.

Aun así, Lupita se fue.

Rentó un cuarto pequeño al sur de la ciudad y empezó de cero. Dio clases particulares, recuperó documentos, aprendió a vivir con poco, pero por cuenta propia. No pasó un solo día sin pensar en Alejandro y en Camila. Y cada noche, al apagar la luz, se preguntaba si estaba siendo valiente… o estúpidamente orgullosa.

Pasaron tres meses.