Señor, su hija está viva. Deme una prenda suya para que mi perro rastree. Javier Alejandro Mendoza apoyaba la frente contra la lápida helada mientras sus lágrimas caían sobre el mármol gris. Dos años habían pasado desde que su vida se volvió del revés, pero el dolor continuaba tan intenso como el primer día. Fue entonces cuando sintió un toquecito en el hombro. Al voltear vio a un niño de unos 12 años. usando una gorra gastada y ropa sencilla. A su lado, una perra blanca de tamaño medio movía la cola y lo observaba con ojos inteligentes.
“¿Usted es el papá de Jimena, verdad?”, preguntó el chico con voz firme. Javier se sobresaltó. ¿Cómo conocía aquel niño el nombre de su hija? Señor, su hija está viva. Deme una prenda suya para que mi perro rastree. Dijo el niño sin rodeos, señalando a la perra. ¿Estás loco, muchacho. Javier se levantó de golpe, sintiendo una mezcla de rabia y desesperación. Mi hija está aquí, enterrada hace dos años. ¿Cómo te atreves a venir aquí? Y a ella le gustaba dibujar mariposas, ¿no?, interrumpió el niño.
Y tenía una muñeca llamada bombón que llevaba a todos lados. Javier se quedó helado. Esos detalles no estaban en ningún lado, ni en los periódicos que cubrieron el caso, ni en los documentos oficiales. ¿Quién eres tú? Susurró. Me llamo Luis Ángel, pero puede decirme la esta es Luna. Dijo acariciando a la perra. Nosotros nosotros buscamos personas. Personas, repitió Javier, aún confundido. Personas que desaparecieron. Luna tiene un olfato muy bueno. Fue entrenada por un señor que trabajaba en la policía antes, don Ricardo.