entró a mi casa con pasos tímidos, como si temiera ensuciar el piso solo por existir.
Al principio todo le costaba.
Se sobresaltaba cuando escuchaba golpes fuertes.
Casi no dormía.
A veces, al amanecer, yo la encontraba sentada junto a la ventana mirando hacia la oscuridad, con el cuerpo rígido, como si aún esperara que alguien viniera a llevársela.
Con paciencia, las cosas empezaron a cambiar.
Le enseñé a alimentar a las aves, a distinguir las semillas, a preparar el fuego sin quemarse, a escoger los jitomates buenos.
Ella aprendía rápido, pero lo que más me sorprendía era su empeño por agradecerlo todo.
Si le llevaba un rebozo para el frío, se le llenaban los ojos de lágrimas.
Si compraba pan dulce un domingo, me miraba como si le hubiera regalado el cielo.
Poco a poco empezó a sonreír más.
Luego empezó a reír.
Y cuando reía, toda la casa parecía más luminosa.
Un año después nació nuestro hijo, Nico.
Dos años más tarde llegó Alma.
Entonces supe que mi vida, que hasta antes había sido correcta pero silenciosa, se había vuelto completa.
Lucía era una madre entregada.
Cargaba a los niños como si temiera que el mundo se los arrancara.
Les remendaba la ropa con un cuidado minucioso, les cantaba canciones que yo no conocía y los miraba dormir con una mezcla de amor y espanto que nunca entendí del todo.
Muchas veces le pregunté por su pasado.
Siempre respondía poco.
Decía que había cosas que prefería dejar enterradas.
Yo, por respeto, aprendí a no insistir.
Pasaron cinco años así.
El pueblo, aunque nunca dejó de hablar, terminó acostumbrándose a nosotros.
Algunos hasta admitían a medias que Lucía había resultado mejor esposa de lo que esperaban.
La veían limpia, trabajadora, amorosa con los niños.
Ya no la llamaban mendiga en mi cara, aunque yo sabía que a sus espaldas todavía lo hacían.
Y quizá la vida nos habría seguido igual durante mucho tiempo si no hubiera llegado aquella mañana de julio en que tres camionetas negras, enormes y relucientes, se detuvieron frente a nuestra casa levantando una nube de polvo que hizo salir hasta a los perros de los vecinos.
Yo estaba arreglando una cerca cuando escuché el motor.
Los niños jugaban con una pelota de trapo y Lucía lavaba verduras en una tina.
En cuanto vio los vehículos, se quedó inmóvil.
No fue sorpresa lo que vi en su rostro.
Fue terror puro.
Se le escurrió una zanahoria de las manos y el color se le fue de la cara.
De las camionetas bajaron dos hombres de traje oscuro, una mujer con una carpeta de cuero y un señor de cabello blanco que caminaba apoyado en bastón.
No parecían policías, pero tampoco gente que se hubiera perdido.
Todo el pueblo empezó a asomarse.
En cuestión de minutos, ya había media docena de vecinos mirando desde la calle.
El anciano avanzó despacio hasta la puerta y preguntó con voz temblorosa si allí vivía la señorita Lucía Valverde.
Ese apellido cayó como una piedra en medio del patio.
Lucía llevó una mano a la boca.
Yo nunca había oído ese nombre.
Ella tampoco respondió de inmediato.
Solo dio un paso atrás, abrazó a Alma contra su falda y bajó los ojos.
El anciano entonces abrió la carpeta, sacó una fotografíai----