No puedo tener a Jiotas apareciendo en mi casa cuando quieran.” Elena lo miró con sorpresa y gratitud. “Yo voy a dar una solución, señor Alejandro. Le prometo que no lo molestará más. ¿Cómo va a resolver? Yo voy a renunciar y salir de Ciudad de México con Diego. Es la única manera de protegerlo y de no involucrarlo más. De ninguna manera, dijo Alejandro firmemente. Huir no resuelve nada. Ellos seguirán buscándolos. Entonces, ¿qué hago? Preguntó Elena desesperada. Déjelo conmigo.
Voy a pensar en algo. Alejandro pasó toda la noche despierto pensando en la situación de Elena. Por primera vez en años estaba genuinamente preocupado por el bienestar de otra persona que no fuera él mismo. A la mañana siguiente tomó una decisión que lo sorprendió. Elena, quiero conocer a su hermano. Señor Alejandro, si vamos a resolver esta situación, necesito entender con qué tipo de persona estoy tratando. Elena dudó. Él no es una mala persona, señor. Solo solo tomó decisiones equivocadas.
Todo el mundo toma decisiones equivocadas a veces. La cuestión es, ¿qué hacemos después? Esa tarde, Elena llevó a Diego a la mansión. Alejandro se sorprendió por la semejanza física entre los hermanos. Ambos tenían los mismos ojos cafés expresivos y la misma determinación en la barbilla. Diego era un joven delgado de aproximadamente 1.75 m, cabello oscuro, ligeramente desordenado y un tatuaje pequeño en la muñeca izquierda. Su ropa era sencilla, pero limpia y Alejandro notó que mantenía una postura respetuosa, aunque claramente nerviosa.
“Señor Mendoza, muchas gracias por recibirme”, dijo Diego extendiendo la mano. Alejandro estrechó la mano del joven y notó que era firme sin temblor. Una buena señal. Diego, su hermana me dijo que tiene algunos problemas financieros. Sí, señor, y lamento mucho que esto lo haya molestado. Nunca fue mi intención involucrar a Elena en esto. Pero la involucró. La involucró, admitió Diego bajando la mirada. Y me odio por eso todos los días. Alejandro estudió al joven. Había remordimiento genuino en su voz.