Quédate callado”, le dice la empleada al millonario y su actitud lo cambia todo. Alejandro Mendoza nunca había sentido tanto miedo como en ese momento en que Elena, su empleada doméstica, lo jaló con fuerza debajo de la escalera de mármol de su mansión en Santa Fe. El hombre de 52 años, acostumbrado a comandar a cientos de empleados en sus empresas, quedó paralizado cuando la joven de 28 años presionó su mano enguantada contra sus labios. Voces desconocidas resonaban por el vestíbulo de entrada y Elena susurró desesperadamente en su oído.
Por el amor de Dios, señor Alejandro, no haga ruido. Ellos no pueden saber que usted está aquí. Los ojos cafés de la empleada transmitían un pánico que Alejandro jamás había presenciado. Elena trabajaba en su casa hacía apenas 4 meses, siempre discreta y eficiente, cumpliendo sus tareas sin cuestionar. Pero en ese momento algo había cambiado por completo. ¿Hay alguien ahí? Gritó una voz masculina áspera proveniente de la sala de estar. Alejandro sintió el cuerpo de Elena temblar contra el suyo.