—No. —Ella alzó la mirada enseguida—. No es eso. Solo… no quiero que sientas que estás obligado.
Tomás dio un paso hacia ella.
—No quiero irme, Elena. A menos que tú me lo pidas.
El silencio entre los dos se volvió denso, vivo.
—Elena —dijo él, con la voz más baja—. Cuando llegué aquí, yo ya estaba muerto por dentro. Seguía andando solo por mis hijos. Pero tú… tú me devolviste algo que creí perdido.
Ella sintió que se quedaba sin aire.
—Tomás, yo…
Mateo empezó a llorar desde el cuarto contiguo.
Los dos soltaron una risa nerviosa, quebrando el hechizo.
Justo cuando sus corazones estaban a punto de confesarse lo que sentían… el pasado tocó la puerta con fuerza.
Y esta vez, Elena no solo podía perder el amor que apenas comenzaba… sino también la tierra por la que había luchado toda su vida.
Parte 2…

Elena fue por el niño, y Tomás, con uno de los gemelos en brazos, se quedó mirándola como si las palabras correctas hubieran pasado rozándolo y aún no alcanzara a atraparlas.