Los vecinos empezaron a notar lo evidente.
Doña Candelaria, que tenía lengua más rápida que misericordia, llegó un día con pan de elote y una sonrisa sospechosa.
—Así que el viudo se quedó —comentó, mirando a Tomás desde la cocina.
—Se quedó a trabajar —respondió Elena con demasiada rapidez.
—Ajá. Y también está muy bien parecido, por si nadie lo había dicho.
El rubor subió de inmediato por el cuello de Elena.
—No diga tonterías, comadre.
La vieja soltó una carcajada.
—M’hija, yo he visto empezar muchos amores. Casi todos empiezan diciendo que no es nada.
Elena pasó esa noche despierta, mirando el techo.
Sabía lo que estaba sintiendo y le daba miedo nombrarlo. Temía arruinar la paz que habían construido. Temía que Tomás no sintiera lo mismo. Temía volver a quedarse sola, pero ahora con algo más que perder.
Tomás tampoco dormía.
Desde su cuarto pequeño, con Mateo y Gael respirando suave a su lado, pensaba en Elena peinándose con un moño sencillo, en sus manos fuertes, en la forma en que hablaba con los animales y con los niños igual: con firmeza y ternura. Se juraba no sentirse así tan pronto después de haber enterrado a su esposa, pero el corazón no pide permiso.
El otoño llegó con mañanas frías y una luz dorada sobre los maizales.
Un anochecer, mientras lavaban trastes juntos y los gemelos dormían por fin, Elena se atrevió a preguntar:
—¿Has pensado cuánto tiempo vas a quedarte aquí?
Tomás dejó de secar la olla.
—¿Quieres que me vaya?