No tardó mucho en llegar la tormenta.
Dos semanas después del casi-confesión, tres jinetes aparecieron frente a la casa.
Elena los reconoció de inmediato: su tío Eusebio y su primo Ramiro, parientes lejanos por parte de su padre, a quienes no veía desde el entierro de su madre. El tercero era un licenciado de la cabecera municipal, con un portafolio bajo el brazo y una expresión afilada.
Rafael—no, Tomás; careful consistency. Tomás venía del corral y al ver el rostro pálido de Elena, corrió a colocarse a su lado.
—¿Qué quieren? —preguntó ella, sin invitarlos a entrar.
Eusebio sonrió con la falsedad de quien ya se siente vencedor.
—Venimos a arreglar un asunto de familia. Resulta que estas tierras no pueden seguir en manos de una mujer sola. Hemos revisado papeles viejos. Hay una cláusula en la sucesión que permite a los varones de la familia pedir la administración si no hay marido legítimo que responda por el rancho.
Elena sintió que se le helaban las piernas.
—Eso es absurdo.
—Legal, sobrina —corrigió Ramiro—. Y además te presentas de pronto con un hombre desconocido y dos criaturas, diciendo que vas a casarte. Huele a farsa.
Tomás dio un paso al frente.
—No se atreva a hablar así.
—¿Y tú quién eres? —escupió Eusebio—. Un aparecido sin tierras, sin apellido que valga, sin nada que ofrecer. ¿Cómo sabemos que no vienes por el rancho?