Tomás trabajaba como si quisiera pagar cada tortilla con sudor. Se levantaba antes del amanecer, reparaba cercas, limpiaba acequias, levantaba un nuevo gallinero, desyerbaba la huerta, atendía al ganado. Elena, acostumbrada a luchar sola, pronto descubrió el extraño alivio de tener a alguien al lado sin tener que explicarle cada fatiga.
Y mientras Tomás devolvía vida al campo, Elena descubría que tenía un don inesperado con los niños.
Mateo y Gael se calmaban en sus brazos. Se dormían con las canciones que su madre le había cantado de niña. Cuando lloraban, bastaba con que ella los meciera contra el pecho para que volvieran a la calma. Tomás la observaba desde la puerta muchas tardes, sintiendo algo nuevo y temible abrirse paso dentro del corazón.
Esperanza.
Las semanas se volvieron meses.
La huerta floreció. Las vacas engordaron. El techo del granero dejó de gotear. En la mesa ya no había un solo plato frente al fogón, sino tres, y luego cuatro cuando los gemelos empezaron a comer papillas entre risas y manchas.
Elena descubrió que le gustaba oír a Tomás hablar del día mientras cenaban.
Tomás descubrió que esperaba con demasiada ansiedad el momento en que ella se sentaba a su lado al caer la tarde, en el corredor, mientras el cielo de Zacatecas se pintaba de naranja.
—Ahora estas tierras sí parecen vivas —dijo él una tarde, secándose el sudor de la frente.
—Ahora las cuidamos entre dos —corrigió Elena, pasándole un vaso de agua fresca.
Tomás sonrió. Era una sonrisa rara, todavía torpe, como si no estuviera acostumbrado.
—Hace mucho no sentía que perteneciera a ningún lado.
Elena bajó la vista, pero no lo contradijo.