—¿Podemos dormir en el establo, señora? Hace mucho frío —preguntó el padre… Y las palabras de la joven lo conmovieron hasta las lágrimas.

Tomás bajó la vista.

—Murió hace tres meses. En el parto.

La cocina se quedó quieta.

—Lo siento —murmuró Elena.

Tomás tragó saliva.

—Vivíamos más al sur. Después de que se fue… ya no pude quedarme. Todo me hablaba de ella. Agarré a mis hijos y salí a buscar trabajo. Lo que fuera. Donde fuera.

Elena lo miró largo rato. Sabía cómo se veía la gente que seguía respirando por pura obligación.

Miró por la ventana: las cercas caídas, la huerta medio seca, el corral necesitado de arreglo. Desde que su padre murió dos años atrás y su madre lo siguió seis meses después, había intentado sacar adelante el rancho sola. Pero la tierra, el ganado y los días eran demasiado para una sola persona, y más para una mujer en un tiempo en que todos la miraban con mezcla de lástima y burla.

—¿Sabe trabajar la tierra? —preguntó al fin—. ¿Levantar cercas, cuidar animales, sembrar?

Tomás levantó la vista.

—Desde niño.

Elena respiró hondo.

—Puedo ofrecerle un trato. Usted me ayuda con el rancho y yo les doy techo y comida a usted y a sus hijos. No le prometo lujos, pero aquí nadie va a pasar hambre.

Tomás se quedó inmóvil.

—¿Habla en serio?

—Sí. Pero no quiero flojos. Yo también trabajo. Aquí nadie vive de la compasión.

Los ojos de Tomás se humedecieron otra vez.

—No le fallaré.

Esa misma tarde se instaló en la casita del antiguo caporal, detrás del establo. Era humilde, pero sólida. Elena le llevó mantas, una cuna vieja que había pertenecido a algún sobrino olvidado, y leche de cabra para los gemelos.

Desde el principio, algo cambió en la hacienda.