¿Alguna vez has sentido que tu vida está siguiendo un guion escrito por otros? que cada paso que das fue decidido antes de que siquiera tuvieras voz para opinar. Patricia conocía esa sensación demasiado bien. Mientras se sentaba en su habitación esa noche, mirando por la ventana hacia las luces de la ciudad, no podía dejar de pensar en lo que había presenciado esa mañana. Los días comenzaron a pasar con una lentitud torturante. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cada amanecer traía las mismas rutinas vacías, las mismas conversaciones superficiales, las mismas expectativas asfixiantes, pero algo había cambiado dentro de ella, algo que no podía ignorar por más que lo intentara.
Patricia, cariño, ven a desayunar. Tenemos que hablar sobre los arreglos florales para la ceremonia”, llamó su madre desde el comedor. La ceremonia, siempre la ceremonia, como si su vida entera se redujera a ese evento que sellaría su destino con Eduardo, un hombre que apenas conocía, que la miraba como se mira una adquisición valiosa, no como se mira a la persona con quien se compartirá la vida. Ya voy, mamá”, respondió sin entusiasmo, pero antes de bajar tomó su teléfono.
Había estado investigando, haciendo preguntas discretas a algunos empleados del supermercado que conocía. Finalmente, alguien le había dado una pista. Luis vivía en un barrio al otro lado de la ciudad, un lugar donde las casas eran modestas, pero llenas de vida, donde las familias se conocían entre sí y se ayudaban mutuamente. Mientras tanto, en ese mismo barrio del que Patricia había obtenido la dirección, Luis despertaba en su pequeño apartamento. Las paredes necesitaban una nueva capa de pintura y los muebles habían visto mejores días, pero era su hogar, o al menos lo había sido hasta que perdió su trabajo.
Buenos días, Luis, saludó doña Carmen, su vecina, mientras él salía de su apartamento. ¿Ya conseguiste algo? Todavía no, doña Carmen, pero hoy voy a intentar en la zona industrial. Dicen que están contratando ayudantes. Eres un buen muchacho, Luis. Ya verás que pronto encontrarás algo. Ten fe. Fe. Qué palabra tan difícil de sostener cuando tienes el estómago vacío y el alquiler vencido. Luis caminó por las calles de su barrio, observando como los comerciantes abrían sus negocios, como los niños corrían hacia la escuela, como la vida continuaba su curso normal.
mientras la suya parecía haberse detenido. Tú que estás leyendo esto, tal vez nunca hayas experimentado la desesperación de no saber de dónde vendrá tu próxima comida. Tal vez nunca hayas sentido el peso aplastante de la incertidumbre financiera, pero para Luis esos sentimientos se habían convertido en compañeros constantes desde aquella mañana en el estacionamiento. Pasó el día yendo de un lugar a otro. En la fábrica de textiles no necesitaban personal. En el taller mecánico ya habían cubierto la vacante.
En la tienda de materiales de construcción le dijeron que volviera en un mes. Cada rechazo era como un golpe más a su autoestima, que ya estaba por los suelos. Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja, Luis se encontró en la plaza principal de su barrio. Se sentó en una banca exhausto y desanimado. Fue entonces cuando vio algo que le ofreció una pequeña esperanza. Un cartel en la iglesia anunciaba que necesitaban ayuda para repartir alimentos a familias necesitadas.