Necesitaba comenzar a tomar decisiones, por pequeñas que fueran, que fueran suyas. En los días que siguieron, Patricia comenzó a hacer exactamente eso. Empezó visitando el barrio con más frecuencia, pero no solo para ver a Luis. Se involucró con la comunidad. Conoció a doña Carmen, quien le enseñó sobre las tradiciones del barrio. Ayudó en la distribución de alimentos en la iglesia. Poco a poco comenzó a descubrir una versión de sí misma que había estado dormida. Una tarde, mientras ayudaba al padre Ramón a organizar donaciones, él le hizo una pregunta que la hizo pensar, “Patricia, he notado que tienes un don especial con los niños del barrio.
Tienen una forma de abrirse contigo. ¿Alguna vez consideraste trabajar con ellos de manera más formal? ¿A qué te refieres, padre?” Bueno, muchas familias aquí luchan para ayudar a sus hijos con las tareas escolares. Varios niños están quedándose atrás. Con tu educación podrías marcar una gran diferencia. Patricia se quedó pensativa. Tenía un título universitario en pedagogía, algo que su familia había considerado apropiado para una mujer de su posición, aunque nunca esperaron que lo usara realmente. “Podría podría dar clases de refuerzo”, murmuró la idea tomando forma en su mente.
“¿Lo harías?” “Sí, sí, me encantaría.” Fue así como Patricia comenzó a dar tutorías a los niños del barrio. Al principio solo a uno, la hija de doña Carmen, que luchaba con la lectura. Pero la noticia se corrió rápidamente. Una semana después tenía tres estudiantes. Cobraba muy poco, casi nada, pero no era por el dinero, era por el propósito, por la sensación de estar haciendo algo significativo con su vida. Luis observaba su transformación con admiración y algo más, algo que no se atrevía a nombrar todavía.
Ella ya no era solo la joven privilegiada que había conocido en el estacionamiento. Era alguien que estaba encontrando su propio camino, construyendo su propia identidad. Sus encuentros se volvieron más frecuentes. A veces se encontraban en la plaza después de que Luis terminaba su jornada laboral. Otras veces, Patricia se quedaba en el barrio hasta tarde dando clases y Luis pasaba a buscarla para asegurarse de que llegara bien a su automóvil. Caminaban juntos por esas calles, conversando sobre todo y nada, construyendo una amistad que gradualmente se profundizaba.