La mañana en que todo se rompió empezó con una escena tan perfecta que ahora me da náuseas recordarla.
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La luz del amanecer entraba por los ventanales de nuestra mansión en La Moraleja, el café recién hecho perfumaba la cocina y Ricardo, con su camisa blanca impecable, parecía el marido de revista que cualquier mujer envidiaría.
Yo estaba frente a él, acomodándole la corbata con una sonrisa distraída, mientras él practicaba esa expresión de hombre agotado y brillante que tan bien sabía usar cuando quería inspirar admiración.

—Voy a tener que ir a Valencia de inmediato —me dijo, ajustándose el reloj—.