No invité a ochenta. Éramos cuarenta y tres. Los justos para que se notara que aquello era una celebración y no una exhibición. Vinieron mis amigas del barrio, dos antiguas compañeras del colegio donde trabajé de administrativa, mi hermano Raúl con su esposa, una sobrina de Colima, vecinos de toda la vida y tres personas que me importaban mucho: Marta, que fue quien me acompañó al primer despacho de abogados cuando empecé a reorganizar mi patrimonio; el notario, don Ricardo Salazar, invitado a título personal porque había sido amigo de George; y el señor Hernández, presidente de la asociación con la que llevaba meses colaborando en silencio.
Fernanda y Alejandro llegaron tarde.
No una hora tarde por accidente, sino diecinueve minutos exactos, el retraso suficiente para entrar cuando todo el mundo ya estaba sentado al aperitivo y todas las miradas podían girarse hacia ellos. Fernanda apareció con un vestido color crema demasiado formal para una comida campestre. Alejandro llevaba una sonrisa de cartón. Traían una caja enorme, envuelta con un listón dorado. No me hizo falta abrirla para saber que no era un gesto de amor, sino una pieza de escena.
Mis nietas, Sofía y Emma, venían preciosas y algo confundidas. Ellas corrieron a abrazarme de verdad, y ese abrazo me sostuvo durante toda la jornada.
“Feliz cumpleaños, abuela”, dijo Sofía.
“Setenta no son tantos”, añadió Emma con la seriedad de sus nueve años.
Reí y las besé en la frente. Después saludé a sus padres con una corrección impecable.
Fernanda me apretó las manos como si fuéramos íntimas.
“Estás guapísima, Margaret. Qué maravilla todo esto.”
“No era un circo, entonces”, respondí con suavidad.
Vi cómo el color le subía desde el cuello hasta los pómulos. Alejandro carraspeó. Nadie alrededor hizo comentarios, pero varias personas lo oyeron. Mejor así.
La comida avanzó entre platillos mexicanos bien hechos, tequila moderado y conversaciones cruzadas. Yo me moví de mesa en mesa sin prisa. No quise sentar a Alejandro a mi lado. Lo puse frente a mi hermano Raúl, que siempre ha tenido la extraña habilidad de desarmar a la gente con una cortesía afilada. Fernanda quedó junto a Marta, y eso fue una pequeña obra maestra, porque Marta detectó en diez minutos cada intento de Fernanda por sacar el tema del patrimonio y la condujo, una y otra vez, hacia asuntos inocuos: colegios, tráfico, recetas, humedad en las casas antiguas.
Después del postre pedí el micrófono.
No era un karaoke ni una boda, pero sí había contratado un pequeño equipo de sonido para la música y para hablar cómoda. El salón fue bajando de volumen hasta que quedó en silencio. Levanté la copa de tequila, miré a toda la sala y empecé por donde debía:
“Gracias por venir. A los que han hecho kilómetros, a los que me han ayudado a organizar esto y, sobre todo, a quienes nunca me han tratado como si cumplir años fuera un estorbo.”
Hubo risas, luego aplausos. Alejandro se movió en la silla. Fernanda se quedó rígida.
Conté una anécdota de George en el puerto, otra de mi primer verano en Vallarta, una escena divertida de cuando Alejandro tenía seis años y quiso llevar un pulpo vivo a casa desde el mercado. La sala se relajó. Algunos pensaron que todo iba a quedar en un discurso entrañable. Entonces cambié el tono.
“Estas últimas semanas he comprendido algo importante”, dije. “En México se habla mucho de cuidar a los mayores, pero a veces se nos quiere cuidar quitándonos la voz, las llaves, las decisiones y hasta la alegría. Se nos infantiliza con una sonrisa. Se nos administra antes de tiempo.”
Nadie apartó la vista.