—No… ahora —insistió ella—. Porque tal vez… nunca tenga el valor otra vez…
Respiró hondo.
Y entonces…
lo dijo.
—Luz… es tu hija.
El mundo… dejó de existir.
Mateo sintió que el suelo desaparecía.
Miró a la niña.
Esos ojos…
Esos gestos…
Ese lunar…
Todo encajó.
Todo.
Cinco años.
Cinco años sin saber que tenía una hija.
Cinco años en los que ella creció… sufrió… sobrevivió sola.
Sin él.
Las piernas le fallaron.
Cayó de rodillas frente a la cama.
—Dios mío… —susurró, con lágrimas cayendo sin control.
Luz lo miró… confundida.
—¿Eso significa… que tú eres mi papá?
Mateo levantó la mirada.
Destrozado.
Pero sincero.
—Sí… si tú me dejas serlo.
La niña lo observó en silencio.
Como si estuviera tomando la decisión más importante de su vida.
Luego…