Y entonces…
sucedió.
Un leve movimiento.
Un suspiro.
Los dedos de María… se movieron.
—¡Doctor! —gritó Mateo.
El médico entró corriendo.
Segundos eternos pasaron…
hasta que…
los ojos de María se abrieron lentamente.
Confundidos. Perdidos.
Y luego…
lo vieron.
A él.
Mateo.
El aire se rompió.
—…Mateo… —susurró ella, con la voz quebrada.
Luz sonrió con alegría.
—¡Mamá! ¡Él nos encontró!
Pero María no sonreía.
Lloraba.
—Pensé… que nunca volvería a verte…
Mateo dio un paso adelante.
Su corazón latía como si fuera a estallar.
—Yo… nunca debí irme —dijo, con la voz rota.
El silencio llenó la habitación.
Pesado.
Inevitable.
Hasta que María cerró los ojos… y dejó caer una verdad que lo destruyó todo.
—Mateo… hay algo que debes saber…
Él negó con la cabeza.
—No ahora. Descansa.