asintió.
—Está bien… pero tienes que aprender a rezar mejor.
Mateo soltó una risa entre lágrimas.
María también rió.
Y en ese pequeño cuarto de hospital…
por primera vez en mucho tiempo…
hubo esperanza.
Pero afuera…
la tormenta apenas comenzaba.
Esa misma noche…
Irene —la mujer que quería destruirlo— apareció en el hospital.
Elegante. Fría. Calculadora.
Con su abogado al lado.
Lista para terminar lo que empezó.
Pero Mateo… ya no era el mismo hombre.
Ya no estaba solo.
Cuando la vio acercarse…
no se levantó.
Solo sostuvo a Luz en brazos.
—Firma estos documentos —ordenó Irene—. O mañana lo pierdes todo.
Mateo la miró.
Tranquilo.
Peligroso.
—Ya sé todo.
El rostro de Irene cambió.
—No tienes pruebas.
Mateo sonrió levemente.
—Las tengo. Y si no te vas ahora… las tendrá la policía.
El silencio fue brutal.
El abogado bajó la mirada.
Irene retrocedió.
Por primera vez… derrotada.
—Te vas a arrepentir —escupió.
—No —respondió Mateo—. Por primera vez… estoy haciendo lo correcto.
Y ella se fue.
Sin nada.