Ya iba caminando.
Rápido.
Demasiado rápido.
Como si temiera que, si se detenía… el pasado lo alcanzaría por completo.
Al llegar a la puerta… se quedó inmóvil.
Su mano tembló antes de empujarla.
Dentro… el tiempo se detuvo.
Ahí estaba.
Pálida. Inmóvil. Con la cabeza vendada.
Pero era ella.
No había duda.
Cinco años habían pasado…
pero Mateo la reconocería incluso en la oscuridad.
—Mamá… —susurró Luz, corriendo hacia la cama.
Tomó su mano.
La apretó con fuerza.
—Ya estoy aquí… ya no estás sola…
Mateo sintió un nudo en la garganta.
Quiso acercarse… pero algo lo detuvo.
La culpa.
Pesada.
Aplastante.
Entonces… una voz detrás de él.
—¿Es usted familiar?
El doctor.
Mateo dudó… solo un segundo.
—Sí —respondió—. Soy… alguien que no volverá a fallarle.
El doctor asintió.
—Tuvo un golpe fuerte en la cabeza. Está estable… pero necesita cuidados constantes. Y… —bajó la voz— no tiene recursos.
Mateo sacó su tarjeta sin pensarlo.
—Todo corre por mi cuenta. Lo que sea necesario.
El doctor lo miró sorprendido… pero aceptó.
En ese momento… Luz levantó la mirada.
—¿Puedo quedarme con mi mamá?
—Claro que sí —dijo Mateo, suavemente.