La pregunta lo atravesó.
No supo qué responder.
Así que cambió el tema.
—¿Dónde está tu mamá?
La niña señaló al cielo… pero no como los adultos.
No con tristeza.
Sino con naturalidad.
—Está en el hospital grande… se cayó… y ya no despertó.
Mateo se quedó helado.
Antes de poder decir algo, una mujer llegó corriendo.
—¡Luz! ¡Dios mío, te encontré!
Era una vecina.
Agitada. Desesperada.
Y lo que contó… hizo que el mundo de Mateo se quebrara.
La mamá de la niña llevaba días hospitalizada.
Sin dinero. Sin familia.
Y el dueño del cuarto donde vivían… había echado a la niña a la calle.
—Ha dormido afuera… sola… dos noches —dijo la mujer, con lágrimas.
Dos noches.
Mateo miró a la niña.
Ella… solo abrazaba su Biblia.
Como si nada más importara.
En ese instante… algo cambió dentro de él.
—Yo me encargo —dijo, firme—. La llevaré con su mamá.
La vecina dudó.
Pero la niña habló primero.
—Él es el que Dios mandó.
Así… sin miedo.
Como si fuera una verdad absoluta.
Y Mateo… no pudo ignorarlo.
Tomó su mano.
Y caminaron hacia su coche.
Pero justo antes de subir… hizo una pregunta:
—¿Cómo se llama tu mamá?
La niña respondió sin pensar:
—María Fernanda Cruz.
El mundo… se detuvo.
El aire desapareció.
Ese nombre…
Ese maldito nombre…