Algo en ella no cuadraba.
No estaba llorando.
No temblaba.
No suplicaba.
Solo lo miraba.
Con unos ojos profundos… demasiado profundos para una niña.
Como si ya hubiera visto cosas que ningún niño debería ver.
Mateo sintió algo incómodo en el pecho.
Él, que había cerrado negocios de millones sin pestañear… no podía sostener esa mirada.
Se levantó lentamente del banco.
Por primera vez en años… se agachó frente a alguien.
—¿Cómo te llamas, pequeña?
—Luz… —respondió ella, con una voz suave, pero firme—. Me llamo Luz Elena.
Mateo asintió, tragando saliva.
—¿Tienes hambre?
La niña dudó.
Bajó la mirada.
Luego… asintió despacito.
Cinco minutos después, estaban sentados juntos.
Una torta caliente. Un vaso de agua de jamaica.
La niña comía en silencio, con cuidado… como si cada bocado fuera un tesoro.
Pero nunca soltaba su bolsita.
Mateo la observaba.
Algo dentro de él empezaba a moverse… algo que no sentía desde hacía años.
—¿Qué guardas ahí? —preguntó, curioso.
La niña dejó de comer.
Abrió lentamente la bolsita.
Dentro había…
una pequeña Biblia gastada,
una foto vieja,
y un papel arrugado.
—Mi mamá dice que si traigo esto conmigo… Dios nunca me deja sola.
Mateo sintió un golpe en el pecho.
Fuerte.
Inesperado.
—¿Crees en Dios, señor?