Mis padres dijeron: “No te invitamos” en su cumpleaños… hasta que abrieron mi caja de regalo…

Mi papá tomaba las de ella, las leía en voz alta y aplaudía. Las mías se quedaban ahí hasta que mi mamá las guardaba en el cajón sin decir nada. Había algo que a mi papá le gustaba decir en las carnes asadas familiares. Señalaba a Tatiana con su lata de cerveza y decía, “Esta niña nació con estrella. Luego me señalaba a mí y esta, bueno, esta es Flora.” La gente se reía. Yo también me reía. Tenía 8 años la primera vez que lo escuché.

Tenía 18 la última. El chiste nunca cambió. Y fingí por tanto tiempo que no me dolía que hasta olvidé que un día me había dolido de verdad. Cuando terminé la carrera de enfermería, recibí una oferta de trabajo en Monterrey, una buena clínica, sueldo decente, ciudad nueva. La mañana que me fui, mi papá estaba arreglando un tubo debajo del fregadero. Me paré en la puerta un momento y dije adiós. Él ni siquiera salió de debajo del mueble, solo dijo, “Una boca menos que mantener.

Era mi cumpleaños. No me fui porque dejara de amar a mi familia. Me fui porque quedarme me estaba borrando y yo ya estaba casi transparente. El primer año en Monterrey llamé cada semana. Domingo 7 de la noche sin falta. Mi mamá contestaba a veces. Mi papá nunca. En el segundo año, las llamadas caían al buzón con más frecuencia de la que quería admitir. Mandé regalos de cumpleaños, paquetes de Navidad, un reboso que tardé tres fines de semana en tejer y que Tatiana me dijo en un mensaje frío que mi mamá había tirado sin abrir.

Esa frase se me quedó en el pecho como una piedra. Meses después, mi tía Carmen, la hermana más chica de mi mamá, la única persona de esa familia que siempre me llamaba sin necesitar un motivo, mencionó en una plática cualquiera que mi mamá usaba el reboso cada domingo para ir a misa, que amaba los colores. Me quedé callada en el teléfono por unos buenos segundos y algo dentro de mí se rompió. No explotó. se rajó despacio, como madera vieja cediendo bajo un peso que se fue acumulando poco a poco.

Empecé a prestar atención a la diferencia entre lo que Tatiana me contaba y lo que de hecho era verdad. La distancia entre las dos cosas era más grande de lo que pensaba y seguía creciendo. Dos años después de estar en Monterrey, una tarde de martes, estaba en el pasillo de terapia intensiva entre turno y turno cuando el celular vibró con el nombre de la tía Carmen. Su voz sonaba diferente, tensa, eligiendo las palabras con cuidado. me contó que mis papás llevaban tres meses de retraso con el crédito de la casa, que el banco ya había mandado la notificación final, que Tatiana había prometido resolverlo, pero no se había pagado nada hasta ese momento.