Allí estaba él, el gran millonario, el genio de los negocios que creía tener el mundo a sus pies. Escondido como un ladrón en su propia casa, escuchando como su madre, con el cerebro devastado por el Alzheéimer, entendía su propia miseria. y su soledad, mucho mejor de lo que él mismo la había entendido jamás. Inés no estaba loca, Inés estaba atrapada y él era su carcelero. Él tiene un buen corazón, mamá, respondió Lucía, limpiando sus propias lágrimas con el dorso de la mano libre, defendiendo al mismo hombre que la había tratado con un desprecio gélido esa misma mañana.
Rodrigo la ama solo que a veces las personas olvidan cómo demostrarlo. A veces el miedo nos hace actuar como no somos. Lo sé, Mariana, lo sé. Suspiró Inés cerrando los ojos con pesadez, repentinamente agotada por la avalancha emocional. El efecto del Alzheimer volvía a nublar su mente como una marea que se retira. Ayúdalo, mi niña. No lo dejes solo. Prométemelo. Te lo prometo, mamá. Te lo prometo. Susurró Lucía besando la frente de la anciana. Rodrigo no pudo soportarlo un segundo más.
El dolor en su pecho era físico, una presión insoportable que amenazaba con asfixiarlo. Quería entrar corriendo al comedor. Quería caer de rodillas frente a la silla de ruedas, abrazar a su madre, pedirle perdón por los años de frialdad, por las pastillas sedantes, por haberla tratado como a una paciente en lugar de como a una madre. Quería darle las gracias a esa joven limpiadora por haberle regalado a Inés el momento de paz más hermoso en casi media década.
Secó sus lágrimas con la manga de su carísimo traje de diseñador arruinando la tela de seda. Tomó una bocanada de aire temblorosa para estabilizarse. Iba a salir de las sombras. Iba a cambiar todo. Iba a despedir a los médicos y a contratar a Lucía a tiempo completo. Iba a ser un hijo de verdad. Pero el destino y el orgullo dañado tienen una forma cruel de manifestarse cuando uno ha vivido demasiado tiempo en la oscuridad. Al dar el primer paso hacia adelante, decidido a entrar al comedor bañado por el sol, el pie derecho de Rodrigo chocó accidentalmente contra el maletín de cuero que había dejado caer minutos antes.