El hombre poderoso e intocable estaba siendo completamente aniquilado por las palabras frágiles de su madre enferma. Yo yo soy Rodrigo, mamá. Soy tu hijo. Yo hago todo esto por ti. Pago todo para que vivas. balbuceó con las lágrimas asomándose de nuevo a sus ojos, su armadura resquebrajándose sin remedio. “Entonces, si eres mi hijo, ¿por qué me dejas tan sola?”, preguntó Inés. La pregunta no tenía malicia, solo un dolor inocente y profundo. “¿Por qué dejas que esos hombres de bata blanca me aten a la cama cuando tengo miedo?
¿Por qué escondes mis recuerdos?”, Inés hizo una pausa buscando aire y luego señaló débilmente hacia atrás, hacia la chica que seguía de rodillas llorando en silencio. Ella, ella es la única que me mira a los ojos, continuó la anciana, su voz quebrando la última defensa de Rodrigo. Ella es la única que no me trata como a un mueble roto. Me dio de comer algo que sabía a mi hogar. Me hizo recordar que alguna vez fui feliz. y tú entras gritando como un monstruo a querer destruirla.
Inés dio un pequeño paso hacia adelante, cerrando la distancia con su hijo, desafiando todo su poder, todo su dinero y todo su orgullo herido. y la echas a la calle a esta niña buena sentenció Inés con los ojos brillando de lágrimas retenidas. Entonces prométeme que también abrirás la puerta para mí, porque prefiero morirme de hambre en la calle junto a alguien que me abrace, que seguir viviendo 100 años en esta prisión de cristal contigo. El cuerpo de Inés no resistió más.
La adrenalina de la confrontación se agotó bruscamente como un fósforo que se apaga en el agua. Sus rodillas finalmente se dieron, doblándose bajo su propio peso. “Mamá!”, gritó Rodrigo reaccionando instintivamente, lanzándose hacia delante para atraparla antes de que su cabeza golpeara el suelo de mármol. Pero Lucía fue más rápida. Con una agilidad nacida de la pura devoción, se levantó de un salto, ignorando el corte en su propia pierna, y abrazó el cuerpo desvanecido de doña Inés, amortiguando la caída.