Las rodillas le temblaban visiblemente debajo del pantalón de tela suave, amenazando conceder en cualquier momento bajo el peso de su propio cuerpo. “Mamá, ¿qué haces?”, murmuró Rodrigo repentinamente alarmado, olvidando por un segundo su papel de verdugo. No, no te levantes, te vas a caer. Los médicos dijeron que Pero Inés no lo escuchó. O tal vez sí lo escuchó, pero decidió que la voz de ese hombre de traje oscuro no tenía ninguna autoridad sobre ella. Con un gemido sordo de esfuerzo, ignorando el crujido de sus articulaciones oxidadas por el sedentarismo forzado y la medicación, doña Inés se puso de pie.
Su cuerpo se balanceó peligrosamente hacia delante. Rodrigo soltó el teléfono, que cayó al suelo con un golpe seco e hizo el amago de correr a sostenerla, aterrorizado por la posibilidad de que su madre se fracturara la cadera. No me toques. El grito de Inés fue como un latigazo. No fue un balbuceo confuso. No fue el lamento de una enferma de Alzheimer. Fue la voz firme, autoritaria y protectora de la matriarca que alguna vez había sido abriéndose paso a empujones a través de la densa niebla de su cerebro en ruinas.
Rodrigo se quedó congelado a medio camino con las manos extendidas en el aire, sus ojos desorbitados por el impacto. Inés respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba rápidamente, pero no volvió a sentarse. Con pasos cortos, arrastrados y agónicos, sorteando los trozos de porcelana rota, caminó lentamente hasta posicionarse justo en medio del empresario enfurecido y la joven empleada que seguía arrodillada en el suelo. Inés, con su blusa amarilla pálida y sus hombros encorbados, se plantó frente a su hijo millonario.
Era un escudo humano, un frágil, tembloroso y sagrado escudo de cristal dispuesto a romperse antes de permitir que alguien lastimara a la chica que le había devuelto la vida. Señora Inés, no, por favor, siéntese, le hace daño. Rogó Lucía desde el suelo, estirando una mano para tocar suavemente el tobillo de la anciana, aterrorizada por las consecuencias de aquel esfuerzo físico. Inés ignoró a Lucía. Su mirada, inusualmente afilada y llena de fuego, estaba clavada directamente en los ojos de Rodrigo.