La rabia le subió por el cuello, caliente y asfixiante. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo osaba esa mujer que no tenía nada cuestionar su amor de padre? Él pagaba los mejores médicos. Él compraba la mejor ropa. Él había sacrificado su vida social para cuidar a ese niño. “Lárguese”, susurró Roberto con la voz quebrada por la ira contenida.
“Tiene 5 minutos para sacar sus trapos de mi casa. Si en 5 minutos sigue aquí, la sacaré a la fuerza.” Pero Elena no se movió hacia la puerta de servicio. Se quedó allí plantada como un roble en medio de la tormenta. La trampa y la ceguera del orgullo. Roberto se giró dándole la espalda para atender a su hijo, asumiendo que la orden había sido acatada.
Empezó a buscar un pañuelo en su bolsillo para secar las lágrimas de Pedrito, intentando recomponer la máscara de padre eficiente y en control. Sin embargo, el sonido de los pasos de Elena alejándose nunca llegó. “No me iré todavía”, dijo la voz de ella a sus espaldas. Roberto se giró violentamente, incrédulo ante la insubordinación. “¿Perdón? ¿Acaso no hablo español? Está despedida.
Escuché perfectamente, señor, pero no me iré hasta que usted vea lo que realmente vine a hacer a esta casa, porque si me voy ahora, usted volverá a sentar a ese niño en esa silla y lo dejará ahí hasta que sus músculos se atrofien por completo. Y eso, eso sí sería un crimen. Roberto sintió una mezcla de furia y curiosidad morbosa.
¿Qué más podía mostrarle? ya había visto el espectáculo grotesco del niño sobre su estómago. “¿Qué cree que sabe usted que los doctores no sepan?”, espetó Roberto caminando hacia la ventana para evitar mirarla, sintiendo la necesidad de confesar su propia estrategia, de demostrarle que él era quien controlaba la situación.
“¿Cree que soy estúpido, Elena? ¿Cree que este regreso fue una casualidad?” Roberto miró a través del cristal hacia la calle vacía, recordando las horas previas. La conferencia en el extranjero había sido una mentira meticulosamente elaborada. No hubo ningún viaje”, confesó Roberto sin mirarla, hablando con el reflejo de ella en el vidrio.
Preparé la maleta, llamé al chóer, fingí ir al aeropuerto, pero me quedé en el hotel del centro esperando, calculando. La trampa había sido diseñada con la frialdad de un hombre de negocios que busca destruir a un competidor desleal. Roberto había pasado la noche en vela en una habitación de hotel impersonal, mirando el reloj cada 10 minutos, imaginando los horrores que estarían ocurriendo en su casa.
A las 9:00 a ella llega. A las 10 a seguramente lo deja solo frente al televisor para hablar con sus amigas a las 11 a. ¿Qué hará a las 11:00? La incertidumbre lo había carcomido. A las 8:00 de la mañana de hoy no había aguantado más. Había tomado su auto y conducido de vuelta estacionando a dos cuadras.