Valladares, el neurólogo más caro de la ciudad, recordaba el zumbido del aire acondicionado, recordaba el olor a café rancio y recordaba con una claridad dolorosa la voz monótona del doctor mientras señalaba una mancha gris en una radiografía. Señor Roberto, debe ajustar sus expectativas. La conexión nerviosa en las extremidades inferiores de Pedro es deficiente, no inexistente, pero sí muy débil.
Si lo fuerza, si intenta hacerlo caminar antes de tiempo, podría causar daños irreparables en su columna o caderas. Su hijo necesita soporte, necesita la silla, necesita aceptar su realidad. Aceptar su realidad. Esas tres palabras habían destruido a Roberto. Había enviudado durante el parto y la idea de que lo único que le quedaba de su esposa fuera un niño que sufriría toda la vida, lo había convertido en un hombre amargado.
Había construido una fortaleza alrededor de Pedrito. Compró la mejor silla de ruedas importada de Alemania. contrató enfermeras que parecían robots, instruyéndolas para que no lo dejaran gatear demasiado, para que le alcanzaran los juguetes, para que le evitaran cualquier frustración física. Lo protejo se decía Roberto cada noche mientras miraba a su hijo dormir inmóvil. Lo protejo del fracaso.
Lo protejo de intentar y no poder. Y ahora esa sirvienta, esa muchacha que no sabía nada de medicina, que probablemente ni siquiera había terminado la secundaria, estaba deshaciendo meses de protección en una sola mañana. Roberto miró la silla de ruedas vacía y sintió una mezcla venenosa de ira y miedo.
Para él, lo que Elena estaba haciendo no era un juego, era una negligencia criminal. Estaba poniendo en riesgo la frágil columna de su hijo. Estaba jugando a ser Dios con la salud de un niño discapacitado. El miedo se transformó en una furia volcánica. “Me engañó”, pensó mientras las venas de su cuello se hinchaban.
fingió ser dócil, fingió seguir las reglas. Le di una lista de instrucciones, no sacar al niño de la silla sin el arnés, no hacer movimientos bruscos. Y ella ella lo tiene haciendo equilibrio como si fuera un animal de circo. La imagen de la felicidad de su hijo irónicamente alimentaba su rabia. ¿Por qué? Porque Roberto sentía que era una felicidad falsa, una ilusión peligrosa.
Si el niño se caía desde esa altura, desde el estómago de ella al suelo duro, podría romperse un hueso, podría quedar peor de lo que ya estaba. Además, había algo más profundo, algo oscuro y vergonzoso en el fondo del corazón de Roberto. Los celos. Él nunca había logrado que Pedrito sonriera así. Cuando Roberto cargaba a su hijo, lo hacía con miedo, rígido, como si transportara una bomba de tiempo.