Mi tía me quemó la cara con agua hirviendo. Y ahora soy yo quien le da de comer.

Le tocó el rostro.

—¿Tú también eres como nosotras?

Rejoice tragó saliva.

Y asintió.

—Sí… y sigo aquí.

Con el tiempo, el lugar creció.

Llegaron voluntarios. Psicólogos. Donaciones.

Rejoice empezó a ser invitada a hablar en público.

Un día, en una universidad, alguien preguntó:

—¿Perdonarías a quien destruyó tu vida?

Silencio.

Rejoice respondió:

—Perdonar no es olvidar. Es decidir que tu pasado no controla tu futuro.

La sala quedó en silencio.

Algunos lloraron.

Días después, en el mercado, una anciana se acercó a ella.

—¿Rejoice?

Se quitó el velo.

Era la madre de Mónica.

—Yo sabía todo… y no hice nada —dijo temblando—. Perdóname.