Mi suegro lanzó un cheque de 120 millones de dólares frente a mí, obligándome a firmar el divorcio esa misma noche. Acepté marcharme en silencio. Cinco años después, entré a la boda de mi exmarido… y destruí todo en un solo instante.

Luego otro.

El sonido de mis tacones sobre el mármol fue lo único que se atrevió a romper el silencio.

—Buenas noches —dije con calma.

Mi voz no era alta, pero atravesó el salón como una flecha.

Todos los ojos estaban sobre mí.

Pero solo uno me importaba.

El de él.

Sebastián de la Vega.

El hombre frente al altar.

El hombre que había sido mi esposo.

El hombre que, en ese momento, me miraba como si estuviera viendo un fantasma.

—Valeria… —susurró, apenas audible.

Su rostro había perdido todo color. Sus manos, que hace apenas segundos sostenían las de su prometida, ahora colgaban rígidas a los costados.

La mujer vestida de blanco junto a él —Isabella Cortés, heredera de una de las familias más poderosas de Monterrey— frunció el ceño, desconcertada.

—¿Quién es ella? —preguntó, bajando la voz, aunque el micrófono cercano amplificó cada sílaba.

No respondí.

No a ella.