Entró a la cocina roja de furia, con el rímel corrido y el bolso golpeando su cadera como una arma. Aventó las llaves sobre la mesa y se me plantó enfrente.
—Me humillaste delante de todos. De todos, ¿me oyes? La señora de la fila de atrás me vio devolver las cosas. El cajero me habló como si fuera una pordiosera.
—Buenas tardes —respondí—. Ya casi están los frijoles. Si quieres, ahorita caliento tortillas.
Ella se quedó boquiabierta. No sabía pelear contra alguien sereno. La rabia necesita combustible; mi calma se lo negaba.
—¿Por qué me haces esto? —siseó.
—Porque se te olvidó quién surtía la mesa.
—Solo porque dije que tu comida estaba fea…
—No —la interrumpí—. Es porque creíste que podías escupirle a la mano que te daba de comer.
En ese momento llegó Roberto.
Venía descompuesto, aflojándose la corbata, con la cara del hombre a quien le habían arruinado la mañana. Vanessa empezó a llorar sin lágrimas apenas lo vio, señalándome como si yo fuera criminal.
—¡Tu madre se volvió loca! ¡Me dejó parada en la caja, Roberto! ¡Me canceló las tarjetas, la cuenta, todo!
Mi hijo me miró.
—Mamá, ¿qué hiciste?
Apagué la flama y le serví agua de limón, aunque no la aceptó.
—Hice cuentas —dije—. Y me di cuenta de que no voy a seguir financiando lujos para gente que me desprecia.
—Pero no puedes dejarnos sin despensa.
—Sí puedo. Sobre todo si la despensa la pago yo.
Los niños bajaron en ese momento. Habían escuchado gritos y venían con sus tabletas en la mano.
—Tengo hambre —dijo Santi.