—Porque anoche me dejaste muy claro que no sirvo para cocinar. Y me puse a pensar. Si no sirvo para cocinar, tampoco debo servir para escoger ingredientes ni para pagarlos.
Se hizo un silencio raro del otro lado. Incluso el ruido del mercado pareció alejarse.
—¿Qué estás diciendo?
—Que cancelé la cuenta, Vanessa.
—¡Estás loca!
—No. Estoy despierta.
—No puedes hacerme esto. Traigo la comida de la semana, el vino para la cena, los quesos, las carnes…
—Pues ojalá te alcance. Si no, puedes regresar todo y hacer unos sándwiches. O pedir pizza. Suena muy práctico.
—Voy a llamar a Roberto.
—Llámale. Y de paso dile cuánto intentabas gastar. A ver si no se le va a quitar el hambre.
—Eres una vieja bruja.
—Puede ser. Pero esta bruja ya no va a pagar tu escoba.
Colgué.
No sentí culpa.
Sentí alivio.
Me levanté y limpié por fin la cocina. Tiré las cajas del sushi, barrí el piso, abrí las ventanas, saqué los jitomates arrugados y una bolsa de frijoles negros que guardaba para emergencias. Puse agua a hervir, cebolla, ajo, sal, epazote. El olor llenó la casa como un regreso.
Iba a haber tormenta. Pero primero, frijoles.
No pasó ni media hora cuando oí la camioneta entrar a toda velocidad. Portazo. Tacones sobre el piso. La puerta principal abrió de golpe.
—¡¿Dónde estás?! —gritó Vanessa.
Seguí moviendo la olla.