—Yo quería mis cereales importados —agregó Camila.
Saqué tortillas y puse el comal.
—Hoy hay frijoles de la olla y salsa de molcajete.
Camila hizo una mueca idéntica a la de su madre.
—Guácala. Eso es comida de la muchacha.
Roberto abrió la boca, pero no supo qué decir. Yo sí.
—Eso es comida. Y es la que hay.
Santi abrió el refrigerador y gritó:
—¡No hay nada!
—Hay agua, verduras y dignidad —respondí—. Con eso se puede empezar.
Roberto, desesperado, quiso pedir pizza por aplicación. La tarjeta fue rechazada. Intentó con otra. También rechazada. Entonces abrió la cartera y descubrió que no llevaba efectivo.
Fue ahí cuando saqué la libreta.
La puse sobre la isla y la abrí en la página marcada.
—Lee.
—¿Qué?
—Lee los números, Roberto. En voz alta.
Lo hizo con la voz apagándose a cada cifra.
Hipoteca. Camioneta. Colegiaturas. Tarjetas. Servicios. Mercado. Gasolina. Gimnasio de Vanessa. Salón de belleza. Compras escolares. Suscripciones. Total.
Sus cincuenta mil pesos al mes no alcanzaban ni para la mitad.
—¿De dónde creías que salía lo demás? —pregunté.
Roberto parpadeó, pálido.
—Yo pensé que… que ayudabas un poco.