Es bueno y honesto. Llámalo. Pide una cita. Aquí en la casa. No puedo salir todavía. Llamé. Le expliqué vagamente la situación. El licenciado Alberto se quedó intrigado. Dijo que vendría al día siguiente, temprano por la mañana. Pasamos el resto del día organizando todo, imprimiendo los mensajes, haciendo una línea del tiempo de los hechos. anotando cada detalle que Ricardo recordaba del ataque, armando un expediente completo. Por la noche, mientras Ricardo dormía, finalmente logrando descansar un poco, me senté sola en la cocina mirando todas esas hojas impresas regadas en la mesa.
Mi hijo casi había sido asesinado por su propia esposa por dinero, por ambición, por puro egoísmo. Y ella todavía andaba por ahí libre, haciendo planes, gastando el dinero que creía que era suyo, viviendo la vida como si nada hubiera pasado. Pero no por mucho tiempo. Muy pronto todo se le vendría abajo y yo estaría ahí para verlo. El licenciado Alberto llegó puntual a las 8 de la mañana. Era un hombre de unos 50 años de pelo canoso, lentes de marco grueso, expresión seria, pero amable.
Traía un maletín de piel ya gastado. Nos sentamos los tres a la mesa de la sala. Contamos todo. De principio a fin, Ricardo enseñó las heridas. Yo enseñé los mensajes impresos. Explicamos lo del funeral falso, lo del testamento forjado, lo del plan para deshacerse de Miguelito. El licenciado Alberto escuchaba en silencio, tomando notas, de vez en cuando sacudía la cabeza incrédulo. Cuando terminamos, se quitó los lentes, los limpió con un pañuelo, se los volvió a poner y habló.
Esto es uno de los casos más absurdos que he visto y miren que he visto mucho en mi carrera. Entonces, ¿nos puede ayudar? Pregunté. Puedo y lo haré. Pero tenemos que hacer esto bien, paso a paso, porque Beatriz tiene todas las cartas en la mano ahorita. documentos oficiales, acta de defunción registrada, testamento ante notario. Si simplemente aparecemos diciendo que Ricardo está vivo, ella va a alegar que es un fraude, que ustedes fingieron su muerte para, no sé, para huir de deudas, para alguna tranza.
Pero los mensajes, Ricardo señaló las hojas. Prueban todo, prueban mucho, pero necesitamos más. Necesitamos el testimonio de testigos. Necesitamos un peritaje médico que confirme que tus heridas coinciden con la historia. Necesitamos investigar a Andrés, saber quién es, dónde está, si tiene antecedentes y sobre todo, necesitamos agarrarlos en flagrancia. ¿Cómo que en flagrancia? Pregunté. El licenciado Alberto se recargó en la silla pensativo. Beatriz va a cobrar el seguro pronto, ¿no? 10 millones de pesos. Probablemente ya está en trámite y por los mensajes se va a ver con Andrés para repartirse la lana.
Ese es el momento cuando ella le transfiera el dinero o se lo entregue en efectivo con la policía lista para agarrarlos. Pero, ¿cómo sabremos cuándo va a pasar eso?, preguntó Ricardo. ¿Todavía tienes acceso a alguna cuenta compartida con ella, correo, algo? Ricardo pensó un momento. Sí, teníamos un correo de la casa para los pagos, trámites, esas cosas. Ella debe creer que ya no tengo acceso, pero me sé la contraseña. Perfecto, chécalo. Busca si hay algún aviso de la aseguradora, algún comunicado sobre el pago.
Mientras tanto, voy a empezar a armar la denuncia y me pondré en contacto con un comandante de confianza, alguien que no vaya a filtrar información antes de tiempo. Se levantó y agarró su maletín. Una última cosa, dijo serio. Hasta el día del operativo, Ricardo no puede salir de la casa. Nadie lo puede ver. Si alguien lo reconoce y comenta, se acaba el factor sorpresa y perdemos la mejor oportunidad de meterlos a la cárcel. Entendido. Coincidió Ricardo. Me quedo aquí escondido hasta que sea hora de resucitar.
El licenciado Alberto sonrió levemente. Exactamente. Hasta que sea hora de resucitar. Los días siguientes fueron de preparación intensa. Ricardo entró al correo compartido. Descubrió que la aseguradora ya había aprobado el pago. Los 10 millones serían depositados en la cuenta de Beatriz en una semana. En los mensajes entre ella y Andrés estaban planeando el encuentro. Sería en un hotel en el centro. Ella llevaría la mitad en efectivo, 5 millones. El resto se quedaría en su cuenta para no levantar sospechas de movimientos grandes de un jalón.
El licenciado Alberto llevó toda la información al comandante Vega, un hombre serio de carrera, que ya había trabajado en casos de homicidio y fraude. Él analizó todo, los mensajes, las heridas de Ricardo, la línea del tiempo y aceptó ayudar. armaron el operativo. El día del encuentro entre Beatriz y Andrés habría policías encubiertos en el hotel, micrófonos ocultos en la habitación, cámaras, todo para captar el momento en que ella entregara el dinero y hablaran abiertamente del crimen. Y Ricardo, Ricardo estaría ahí escondido esperando el momento justo, el momento de volver de entre los muertos y destruir el plan perfecto de Beatriz.