Me imagino. Debes estar agotada con todo esto. Lo estoy, pero tengo que ser fuerte. Por Miguelito, él me necesita ahora. Hablamos unos minutos más. Me enseñó las cajas que había separado con las cosas de Ricardo, ropa vieja, algunos papeles de la escuela, fotos de cuando era niño, como si eso fuera suficiente, como si eso compensara el haber intentado matar a mi hijo. “Gracias por guardar todo esto.” Le agradecí agarrando una de las cajas. Significa mucho. De nada, suegra.
Es lo mínimo que puedo hacer. Al final usted es su madre, siempre lo será. Quise reír o llorar o gritar, pero me contuve. Salí de esa casa con el corazón a mil. Me subí al coche, manejé unas cuadras, me paré en una gasolinera y entonces, finalmente agarré mi celular. Ahí estaban todos los mensajes, todas las pruebas, todo lo que necesitábamos para destruir a Beatriz y a Andrés. Sonreí. Por primera vez en días sentí esperanza real. Llamé a Ricardo.
Mamá, ¿todo bien? Está perfecto, hijo. Lo logré. Lo conseguí todo. Llegué a la casa y puse las cajas en el suelo de la sala. Ricardo estaba en el sofá ansioso esperando. En cuanto entré, se levantó con cuidado por el brazo enyesado. Y bien, ¿lo lograste? Sostuve el celular en mi mano. Abrí los mensajes, se los enseñé, conseguí todo, todas las conversaciones, todas las pruebas, hasta fotos de los documentos falsos. Ricardo agarró el celular con la mano buena, empezó a leer y con cada mensaje su expresión cambiaba.
Rabia, tristeza, shock, incredulidad. Dios mío susurró. Lo planeó hace meses. Mira esto. Este mensaje es de hace 4 meses. Ya estaba todo pactado. Me senté a su lado. Leímos juntos. Era peor de lo que imaginaba. Había mensajes sobre cómo simular el accidente, dónde hacerlo, cómo asegurarse de que pareciera real, pláticas sobre el seguro, cuánto recibiría ella, cuánto tardarían y lo más espantoso, mensajes sobre Miguelito, Beatriz. Y Miguelito, ¿qué hacemos con él? Andrés, llévatelo. Los niños dan lata.
Puedo conseguir una familia que lo adopte. Beatriz. No sé. Se parece mucho a Ricardo. Cada vez que lo veo me acuerdo. Andrés, pues decídete ya. O te lo llevas o lo dejas con la abuela. Pero después de que cobremos el seguro, no habrá marcha atrás. Beatriz, lo voy a pensar, pero creo que se lo dejo a su abuela. Diré que no puedo cuidarlo sola, que estoy muy mal. Ella va a aceptar. Ricardo estaba temblando de rabia, de dolor.
Se iba a deshacer de Miguelito, de nuestro hijo, como si fuera un objeto, como si no importara. Pero no lo hará, afirmé. Firme, porque no la vamos a dejar. Estos mensajes son prueba suficiente. Vamos con la policía. ¿Crees que nos van a creer a una viuda de luto con papeles en regla, acta de defunción, testamento ante notario, que es una asesina? nos van a creer cuando te vean a ti vivo, con las heridas, con la historia completa y con estos mensajes confirmándolo todo.
Ricardo se quedó callado un momento, pensando, procesando. Necesitamos un abogado dijo finalmente uno bueno, alguien que sepa de casos criminales, porque cuando denunciemos esto se va a armar un caos. medios, policía, investigación y Beatriz va a contratar a los mejores abogados que su dinero, que era mío, pueda pagar. Conozco a alguien, recordé, el licenciado Alberto, aquel abogado que ayudó a doña Marisa, la del mercado, cuando metieron a su hijo a la cárcel injustamente. ¿Te acuerdas? logró demostrar la inocencia del muchacho.