Una viejita abandonada en la fila, con los ojos llorosos y vestida de gala para un viaje que no haría. Sentí una vergüenza tan profunda que quise que el piso de granito se abriera y me tragara.
¿Cómo había criado a un ser tan egoísta? Yo, que le enseñé a caminar, que le pagué la universidad con horas extras, que cuidé de él cuando tuvo aquella fiebre que casi se lo lleva.
Yo, Baudilia, la maestra respetada, la mujer que explicaba la Revolución Francesa con pasión, ahora reducida a cuidadora de gatos. Mis piernas flaquearon. Busqué con la mirada una banca, pero todas estaban ocupadas.
Me apoyé en una columna fría. La imagen de Roberto y Carla riendo con la azafata mientras entregaban sus pasaportes se veía borrosa a través de mis lágrimas. Estaban facturando, se iban, se iban con mi dinero, con mi sueño y con mi dignidad.
“Vete a casa”, me había dicho. Hazte útil. La palabra útil resonó en mi cabeza. Durante años, desde que me jubilé, me habían hecho sentir que mi única utilidad era servirles, cuidar la casa cuando salían, prestarles dinero para el coche nuevo, cocinar los domingos para que no gastaran.
Me habían convencido de que yo era vieja, lenta y torpe, yo, por amor, por no querer ver la realidad, les había creído. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano.
La tela áspera de mi abrigo nuevo me raspó la piel y ese pequeño dolor me despertó. Respiré hondo. El aire olía a combustible de avión y a café quemado. Miré hacia la salida, hacia donde estaban los taxis.
Sería tan fácil obedecer. Irme a casa. ponerme la bata vieja, servirle comida a los gatos y llorar en silencio mientras ellos brindaban con champán en el avión. Eso es lo que haría la baudilia de ayer, la madre abnegada, la víctima.
Pero entonces, mi mano derecha, casi por instinto se metió dentro de mi bolso y tocó la billetera de cuero. Mis dedos rozaron el plástico frío de mis tarjetas. Recordé el momento en la agencia de viajes hace tres meses.
Roberto quería usar su tarjeta para acumular puntos, pero lamentablemente no tenía fondos suficientes. Yo saqué la mía, la tarjeta negra, la exclusiva, esa que me ofreció el banco por tener mis ahorros de toda la vida con ellos.
Yo pago todo, no se preocupen, dije ese día con orgullo. Todo, absolutamente todo estaba a mi nombre. los boletos de avión, la reserva del hotel de cinco estrellas, los tours privados, incluso el seguro de viaje.
Miré de nuevo hacia el mostrador. Roberto y Carla ya no estaban allí. Habían pasado el primer filtro y se dirigían hacia seguridad. Se veían tan confiados, tan dueños del mundo, caminando con esa arrogancia de quienes creen que los padres son recursos inagotables y desechables.