Isabel me lanzó una mirada de odio puro.
—Tú querías esto. Separarnos. Siempre quisiste que él te eligiera a ti.
Me acerqué lo suficiente para que entendiera que el tiempo de mis silencios había terminado.
—Yo no quería que me eligiera. Quería que me respetara. Tú nunca entendiste la diferencia porque todo para ti es competencia.
Sus lágrimas se secaron de golpe. La máscara se cayó por fin.
—Está bien —dijo con una frialdad que helaba—. Si eso quieren, adelante. Pero no crean que esto termina aquí. Voy a pelear por mis hijos. Y voy a pelear por lo que me corresponde.
—No te corresponde nada mío —respondí.
—Ya veremos.
—Sí —dije—. Ya veremos.
Salió azotando la puerta.
Alfonso no se movió durante un largo rato. Solo miraba al frente, con los papeles desperdigados a su alrededor, como un hombre que acababa de descubrir que llevaba años viviendo dentro de una mentira bien decorada.
Por fin levantó la vista.
—Mamá… perdóname.
No lloró bonito. Lloró feo. Como lloran los adultos cuando el golpe toca de verdad donde duele.
—No sé en qué momento dejé que todo llegara hasta aquí. No sé en qué momento me convertí en un hijo que podía mandarte un mensaje así. No sé en qué momento empecé a justificarle todo.
Yo seguí de pie. No porque quisiera verlo sufrir, sino porque todavía no estaba lista para sostenerlo otra vez.
—Te convertiste poco a poco, Alfonso. Igual que las traiciones grandes: nunca llegan de golpe. Se van dejando entrar.
Se puso de rodillas frente a mí, como cuando era niño y rompía algo de valor.
—Dame una oportunidad.
—Las oportunidades no borran años.
—Lo sé.