A su lado estaba el cliente: un hombre francés, elegante, discreto, de mirada precisa.
Yo entendía todo perfectamente, aunque hablara con acento francés. Mi experiencia como intérprete me daba ventaja.
La cena comenzó con cortesías, vino y platos mínimos servidos como si fueran joyas. Yo sonreía, hablaba poco y observaba.
Eduardo me presentaba como una viuda tranquila, propietaria de un viejo edificio heredado de mi marido, “una mujer de costumbres sencillas”. Lo dijo con ternura fingida.
Luego, cuando creyó que yo ya no prestaba atención, comenzó a hablar con el cliente en un tono que supuestamente yo no entendía, con naturalidad que me desconcertó.
No sabía que yo entendía todo perfectamente.
Al principio, solo fueron frases de negocios.
Después, lo oí claramente:
—La firma será fácil —dijo Eduardo, mientras cortaba la carne sin mirarme—. Mi madre confía en mí. Si hace falta, le diré que son papeles para optimizar impuestos. Ella firmará sin leer.
Sentí que el aire se volvía hielo dentro de mi pecho.
El cliente respondió algo más bajo, incómodo. Eduardo insistió:
—Cuando el edificio pase a la sociedad, ella no podrá echarse atrás. A su edad, ni siquiera entenderá lo que ha cedido.
Seguí quieta. Ni un gesto. Ni un parpadeo. Mis manos permanecieron sobre el mantel como si nada hubiera pasado, pero por dentro me estaba rompiendo.
Mi hijo no me había llevado allí por orgullo ni por afecto. Me había sentado frente a un extraño para vender mi confianza como si fuera una anciana confundida.
Entonces levantó su copa, sonrió, y pronunció la frase que me arrancó la última venda de los ojos:
—Mañana, después de que firme, ya no necesitaré seguir fingiendo que me importa.
Lo miré. Dejé la servilleta a un lado.