Y, por primera vez en toda la noche, hablé con voz firme:
—Entonces será mejor que expliques ahora mismo, delante de mí, qué pensabas robarme exactamente.
Parte 2…

El sonido de mi voz partió la mesa en dos.
No hubo gritos al principio. Solo un silencio tan brusco que hasta el mesero, que se acercaba con el siguiente plato, se quedó inmóvil a unos pasos.
Eduardo se puso blanco. No pálido: blanco, como si le hubieran vaciado toda la sangre de golpe. Sus dedos apretaron la copa con tanta fuerza que pensé que iba a romperla.
El cliente francés me miró con una mezcla de sorpresa y respeto.
Yo mantuve la espalda recta. Si mi hijo quería tratarme como a una mujer débil, iba a descubrir que se había equivocado durante demasiados años.