Mi hijo me gritó en la cara: “Paga la renta… o lárgate” lo hizo frente a veinticinco personas en la cena de Navidad mi nuera se burló: “A ver cómo sobrevives sin nosotros” hice mi maleta, me fui a mi verdadera casa… y corté la casa, el auto y cada peso que habían gastado a costa mía

Audriana colgó y se quedó en medio del centro comercial, rodeada de bolsas ajenas, aparadores brillantes y cosas que ya no podía tener.

Por primera vez en 3 años, Audriana Ruiz se sintió pobre y odiaba esa sensación con cada fibra de su ser.

Día 22, 29 de diciembre, 8 de la mañana.

Mateo despertó con un dolor de cabeza intenso. Había pasado toda la noche discutiendo con a Udriana. Ella quería que él hiciera algo, que hablara con su madre, que arreglara esto. Pero, ¿cómo? Su madre no contestaba. Él no sabía dónde vivía realmente y, cada vez que intentaba pensar con claridad, la imagen de su padre en la pared de Vega propiedades volvía a su mente.

A las 8:15 minutos sonó el timbre.

Mateo abrió la puerta esperando al repartidor con el desayuno que Audriana había pedido, esta vez con visible disgusto, pagado con su tarjeta. Pero, en cambio, encontró a dos hombres con chalecos reflectantes, portapapeles en mano.

“Buenos días, señor Mateo Vega. Somos del departamento de activos de Vega Propiedades. Estamos aquí para recuperar el vehículo Cadilac Ae placas 4182 KLM”.

Mateo parpadeó confundido. “¿Recuperar? Ese es mi coche”.

El hombre mayor abrió su portapapeles y le mostró un documento.

“Según nuestros registros, el vehículo es propiedad de Vega propiedades S A D C B. Usted tenía autorización temporal de uso que ha sido revocada. Necesitamos que entregue las llaves y firme el acta de devolución”.

“Esto es ridículo”, gritó Mateo, sintiendo como la sangre se le subía al rostro. “Ese carro me lo dieron hace dos años. Lo uso para trabajar. No pueden simplemente venir y llevárselo”.

“Señor Vega”, dijo el hombre con paciencia profesional, “aquí está el documento. El vehículo nunca fue transferido a tu nombre. Siempre fue propiedad de la empresa. Aquí está tu firma autorizando el uso temporal para fines de representación”.

Le mostró una hoja y ahí estaba la firma de Mateo de hacía 2 años, en un documento que claramente decía autorización temporal.

¿Cómo no lo había leído con cuidado?

“¿Y si me niego?”, preguntó Mateo con la voz tensa.

“Entonces procederemos a recuperarlo con una grúa y las llaves de respaldo que tenemos en nuestra posesión. Señor Vega, esto puede ser fácil o difícil. Usted decide”.

Audriana apareció detrás de Mateo, aún en pijama. “¿Qué está pasando?”

“Se están llevando el coche”, dijo Mateo con voz derrotada.

“¿Qué?”

Audriana empujó a Mateo. “Ese coche es nuestro”.

“Señora, por favor”, interrumpió el empleado, manteniendo el tono profesional. “Solo somos trabajadores siguiendo órdenes. Si tienen alguna queja, pueden acudir a nuestras oficinas”.

Mateo se dio la vuelta, entró al departamento y regresó con las llaves del Cadilac. Las dejó caer en la mano del hombre, sin decir palabra.

“Gracias por su cooperación. Firme aquí, por favor”.

Mateo firmó el recibo de devolución. Los hombres inspeccionaron el coche, tomaron fotografías y, 10 minutos después, el cadilac gris desaparecía por la calle.